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sábado, 22 de abril de 2017

Alejo Carpentier: El terror y el silencio







Y cerró la ventana el secretario, puesto repentinamente en la cotidianidad de los Negocios de la Muerte, únicos negocios florecientes manejados, en estos tiempos de crisis, por hombres hábiles, buenos conocedores de una siempre segura clientela, movida por ancestrales angustias escatológicas ante la idea del Sueño-sin-Despertar. En el país entero, por un proceso sincrético de tradiciones donde lo extremeño —nuestro primer Conquistador era oriundo de Cáceres, como Pizarro— se había mezclado con lo indio, los ritos mortuorios eran complejos, aparatosos y prolongados. Cuando había difunto en un pueblo, invadía la casa el vecindario, transformando el velorio en un acto colectivo de gran resonancia, con asamblea de hombres en portales, patio y aceras, fondo dramático de llantos y plantos y sollozos y desmayos de mujeres, sin que faltaran, durante toda la noche, servicios de café negro, chocolate en jícara, vinos peleones y recios aguardientes, en gran teatro de emocionados abrazos, oraciones y lamentos en torno al ataúd —y aparatosas reconciliaciones de familias ayer enemigas, que volvían a encontrarse, tras de años sin verse, en tan solemne ocasión. Luego, eran lutos, medios lutos, cuartos de lutos, lutos de nunca acabar que, cuando se trataba de una viuda de buen ver, se observaban hasta nuevo matrimonio. Y esto subsistía en la importante capital de hoy, aunque transformándose en cuanto a la escenografía. Ya los muertos no se tendían y velaban en las viviendas, sino en establecimientos funerarios, cada vez más numerosos —a población creciente, mayor número de finados— que competían en ofrecer mayores lujos e innovaciones a sus favorecedores. Y, poco a poco, esas funerarias se habían multiplicado en el centro de la urbe, apretando un cerco de mala sombra en torno al Palacio Presidencial —con cajas en perpetuo ir y venir, trasiego de flores, movimientos de ángeles y cruces, caballos de gualdrapa negra, vehículos con carrocería de cristal, llegadas nocturnas de yertas anatomías envueltas en sábanas verdes… Pero la más extraordinaria de todas acababa de inaugurarse muy cerca, al lado del Ministerio de Gobernación, con tintorería anexa, imitación de un Deuil en vingt-quatre heures que se encontraba en París, tras de la Madeleine, en el ángulo de la Rue Tronchet. Lo notable, en La Eternidad, era que las familias podían escoger, para recibir pésames y condolencias al pie del ataúd, un estilo de moblaje, decoración y ambiente. Ahí había Sala Colonial, Sala Imperio, Sala Renacimiento Español, Sala Luis XV, Sala Escorial, Sala Gótica, Sala Bizantina, Sala Egipcia, Sala Rústica, Sala Masónica, Sala Espiritualista, Sala Rosa-Cruz, con sillas, emblemas, ornamentos, símbolos, ajustados al carácter de la capilla ardiente. Y, si tal era la voluntad de los usuarios, como gran innovación traída de los Estados Unidos, el velorio se acompañaba de músicas de noble y sereno estilo, sin contrastes de intensidad ni tempo —aunque nunca fúnebres del todo— ejecutados por cuartetos o pequeños conjuntos de cuerda con harmonio, sahumados por el incienso, ocultos tras de un enrejado de siemprevivas o el seto de las coronas montadas en caballetes, cuyo repertorio se centraba en la Meditación de Thais, El cisne de Saint-Saëns, la Elegía de Massenet, el Ave María de Schubert, y el otro, de Gounod, tocados y vueltos a tocar, sin descanso, desde la llegada de la urna hasta su salida hacia el cementerio. Cuando esas melodías se le colaban en Palacio en horas de la madrugada, el Primer Magistrado, exasperado de oír lo mismo y lo mismo, cien veces repetido —más fuerte cuando aún no había tránsito de automóviles en el Parque Central— mandaba a cerrar todas las ventanas, aunque perseguido, interiormente, por los temas que le seguían sonando dentro del cráneo. Y sólo lograba volver al sueño recurriendo al Santa Inés del maletín-Hermes, siempre puesto en velador a la cabecera de su hamaca… y, por lo mismo que eso estaba ahí desde hacía semanas y semanas, una mañana se sintió ensordecido, pero ensordecido de silencio —de insólito silencio. Las ventanas habían sido abiertas, de madrugada, por la Mayorala Elmira, pero la brisa entraba en su cuarto, ligera, todavía oliente a verdores de amanecer, sin cargar con la Elegía, El cisne, la Meditación, ni los avemarías. —«Algo raro ocurre» —se dijo. Y algo raro, muy raro, ocurría en efecto: lo nunca visto, lo nunca recordado —aun por los ancianos que más recordaban. La capital empezaba su día —aquel día— en silencio, un silencio que no era solamente el de la funeraria, silencio de otras épocas, silencio de albas remotas, silencio de cuando pastaban las cabras en las calles principales de la ciudad; silencio roto, tan sólo, por un rebuzno lejano, la tos de una tosferina, el llanto de un niño. No pasaban autobuses. No tintinabulaban los tranvías. No rodaban los carros lecheros. Y, lo que era más raro aún, las panaderías y cafés, negocios tempraneros, no habían abierto sus puertas, en tanto que las tiendas permanecían con las cortinas metálicas corridas. Una total ausencia de pregones —ni churros calentitos, ni tamarindos para el hígado, ni ostras frescas de Chichiriviche, ni tamales de buena masa, ni la corneta del vendedor de torrejas…— se hacía anuncio de acontecimientos de una extremada gravedad, con aquel encogimiento de las cosas, aquella expectación medrosa, latente, indefinida, que suele observarse —aunque es advertencia nunca entendida— en vísperas de grandes terremotos o de erupciones volcánicas. (Los árboles de la región del Paricutín tuvieron miedo, se engrisaron en sus terrores silenciosos, muchas semanas antes de que hacia ellos avanzara, lenta, inexorable, una lava que ya les bullía sordamente bajo las raíces…). —«Pero… ¿qué pasa? ¿Qué es esto?» —preguntó el Primer Magistrado al ver entrar en su cuarto al Doctor Peralta, seguido de Ministros y Militares que, violando abruptamente su intimidad, atropellaban el protocolo: —«¡Huelga general, señor Presidente!». —«¿Huelga general? ¿Huelga general?» —preguntaba (se preguntaba) como atontado, sin entender a los demás, sin entenderse a sí mismo. —«Huelga general. O, si lo prefiere: paro general. Todo está cerrado. Nadie ha ido al trabajo». —«¿Y los empleados públicos?». —«No hay autobuses, tranvías, ni trenes»… —«Y no hay un alma en las calles» —dijo la Mayorala Elmira, abriéndose paso entre alpacas y guerreras. El Primer Magistrado se asomó al balcón. Los perros del Palacio, llevados por un cabo de la guardia, meaban en torno a la fuente del Parque. Pero los perros no tienen alma. No eran almas. Y aquella Funeraria, sin música… Se volvió hacia los presentes con la peor de las caras: —«¿Huelga general, no? ¿Y ustedes no sabían nada?». Los demás empezaron a hablar atropelladamente, en un entrecruzado intríngulis de explicaciones, aclaraciones, eximencias —«recuerde que yo dije», «recuerde que yo advertí», «recuerde que, en el último Consejo, yo»…— que no acababan de constituirse en una convincente argumentación. Hasta ahora, sólo en el interior de la República —en Nueva Córdoba, en los puertos…— se habían visto huelgas verdaderas; aquí las llamadas al paro nunca habían tenido consecuencias mayores; en estos días, ciertamente, se habían repartido papelitos, volantes, hojas clandestinas; además, las huelgas de peones, changadores, camioneros, etc., eran cosas predicadas por El Estudiante, y todos sabíamos que jamás los comerciantes, empleados de tiendas, gentes de clase media, habían prestado atención alguna a los llamados y consignas del Estudiante; los hombres de orden y trabajo no se sentían aludidos por aquello de Proletarios del mundo entero porque en nada se sentían proletarios; y yo estaba ausente de la capital, y yo tuve que llevar la familia a Bellamar, y yo no podía imaginarme, y sin embargo me contó mi hija… (no nos importa un coño lo que te contó tu hija…); además, nunca, nunca, nunca, en la historia del Continente, se había visto una huelga de personas de cuello y corbata; esos bochinches eran cosas de maleantes, y no íbamos a hacer caso de todos los rumores; mi hija me contó que las monjas de Tarbes… (no jodas más con tu hija…); yo dije siempre que aquella Campaña de Rumores, las falsas epidemias, el caballo de madera en el acueducto, las amenazas de muerte, las calaveras enviadas por correo, en fin, yo siempre dije que… —«Y ya que se habla de muertos» —dijo Peralta, rompiendo el estrépito de voces subidas unas encima de las otras—… «lo más inesperado, lo más insólito, es lo que me cuenta La Mayorala: todo el personal de las funerarias se ha sumado al movimiento. Y no sólo los músicos esos, de ‘La Eternidad’, sino también los del tendido, los cocheros y chóferes de Pompas Fúnebres, los enterradores, los sepultureros, los zacatecas… Las familias tienen que velar en casa a los que murieron anoche, porque no hay quien venga a cargar con ellos». —«Al menos, los que murieron anoche no se sumaron a la huelga» —dijo el Primer Magistrado, de súbito aplacado—: «Por lo mismo, para que no se aburran en el Más Allá, les vamos a dar alguna compañía. Se merecen una recompensa». Hubo un expectante silencio: —«Vamos a hablar corto y bueno… A Elmira, que traiga café».

Serían las diez de la mañana cuando a las calles salieron automóviles de rápida circulación, carros-enlace de los cuarteles de bomberos, motocicletas con sidecar, llevando policías que, aullando en megáfonos de cuero y bocinas de aluminio, de los que se usaban en las competencias deportivas, hicieron saber a los comerciantes con oídos para oír que quienes no abrieran sus tiendas antes de dos horas, con empleados o sin ellos, serían privados de sus patentes y castigados con multas y prisiones; a los extranjeros de origen —aun nacionalizados desde hacía mucho tiempo— se les expulsaría del país. Los avisos conminatorios se repitieron y volvieron a repetir hasta que en la Catedral sonaron doce campanadas. —«Al menos, el campanero no está en huelga» —observó el Presidente. —«Es que ahí han instalado un mecanismo eléctrico» —explicó Peralta, pronto arrepentido de haber dicho lo que hubiese podido ser interpretado como un chiste. —«Esperemos». Ahora La Mayorala traía botellas de coñac y ginebra holandesa en frascos de barro, con habanos Romeo y Julieta y brevas de Henry Clay… El Primer Magistrado, a menos de cada media hora sacaba el reloj para ver si ya había transcurrido una hora. La una. Las dos. De «La Eternidad» salió un ataúd, llevado en hombros de gente enlutada —de la familia, seguramente— que, a pie, tomó el camino del camposanto. Y, a las tres, reinaba el mismo silencio en toda la capital. Sólo algunos comerciantes cantoneses habían abierto sus tiendas de abanicos, biombos y marfiles, por temor a ser devueltos a una China que era, ahora, la del Kuo-Ming-Tang y los Señores de la Guerra… De pronto, el Presidente, rompiendo la larga espera, se dirigió, resuelto y tajante, al Jefe del Ejército: —«Ametrallen las tiendas cerradas». Mano a la visera y taconazo… Y, quince minutos después, sonaron las primeras andanadas, disparadas sobre cortinas metálicas, hierros ondulados, enseñas, escaparates y vitrinas. Nunca se había llevado una guerra tan liviana. Nunca se habían divertido tanto, los de la infantería, como en este itinerante campo de tiro donde, siempre sin apuntar, disparando por banda, se daba en algún blanco —magnífica batalla sin riesgo de respuesta en voz de plomo. Y era una masacre de gente de cera —novias de cera con azahares de cera; caballeros vestidos de frac con bisoñé puesto sobre cráneos de cera; amazonas, jugadores de golf y tenistas, de cera muy clara; la camarera, de cera menos clara, vestida a la francesa; el lacayo, parecido a nuestro Sylvestre de París, pero de cera más obscura que el de la mucama; un monaguillo, un pertiguero, un jockey, para figuración, todos en matiz de cera ajustado al oficio…—, sin olvidar las Vírgenes y Santos que, traídos del barrio de Saint-Sulpice, se ofrecían, con mantos de yeso policromado, nimbos y atributos, en los comercios de misales y artículos piadosos. Además de las 30/30 disparaban los máusers de la tropa y hasta algún viejo fusil Lebel, sacado de los trasfondos del Arsenal. Y, en esta gran Batalla-contra-las-cosas, se desmoronaban las cristalerías, volaban las vajillas encargadas para regalo de boda, estallaban los frascos de perfume, los jarrones, las porcelanas, cuanto fuese de Sajonia o de Murano, las ollas de barro, los pomos y botijos, y hasta los vinos espumosos que, reventando con liberada energía, rompían botellas vecinas. Varias horas duró el asalto a las jugueterías, el tiro a biberones, el fusilamiento de Buster Brown y Mutt and Jeff, la defenestración de los títeres, la matanza de cuclillos suizos, la Profanación de la Ostra, la segunda decapitación de un San Dionisio que, llevando ya su cabeza en la mano, la vio caer al suelo, al ser alcanzada, a media mejilla, por una bala de grueso calibre… Pero a pesar de tantos quehaceres y afanes cayó sobre la ciudad una noche sin alumbrado público, sin focos en los parques, sin bombillas de publicidad, sin mecheros encendidos —todavía quedaban algunos mecheros de gas, de los de sereno y chuzo, en los barrios pobres—, sin luna siquiera, pues se estaba en cuarto menguante y con tiempo nublado. Y fue aquélla una larga, una interminable noche, una lóbrega noche, acostada sobre una ciudad inerte, callada, como desertada, abandonada, bajo una metralla —aún sonaban ráfagas intermitentes, aquí, allá— que le fuese ajena. Se advirtió, en esas horas de expectación, del no-saber-lo-que-traerá-el-día-próximo, que ciertos silencios, silencios anteriores al surgimiento de toda voz, de toda letra, pueden ser más angustiosos que el clamor de un profeta, que el delirio agorero de un inspirado… (Y sin embargo, en muchas casas, casas mudas, de cortinas corridas, de persianas apretadas, casas de ministros, de generales, casas de Gente del Poder, en sótanos, en desvanes, en habitaciones del traspatio, procedíase, bajo luces de linterna, de quinqués antiguos, de velas llevadas en alto, a esconder cosas, a sacar joyas de baúles, a cerrar cajas, a desempolvar maletas, a coser billetes de banco —dólares, sobre todo— en los forros, solapas, faldones, de trajes, abrigos y capas, en previsión de alguna fuga necesaria… Mañana, los niños serían enviados a las playas del Atlántico [estaban anémicos; prescripción médica]; muchas familias serían dispersadas en provincias y ciudades del interior [abuelita enferma; abuelito cumple noventa y siete años], devueltas a la casa solariega, a las casas de origen [mi hermana tuvo un parto malo; la otra anda mal de la cabeza], en espera de lo que pudiese ocurrir. Entretanto, en las cocinas, sin más claridad que la de cigarros que, a cada chupada, dibujaban una cara, los hombres, más fumadores cuanto más comprometidos, reunidos en torno a botellas de ron, de whisky, que se buscaban a tientas para llenar copas a tientas halladas, discutían de la situación. Un pánico sordo, contagioso, ascendente, rumiado de mil maneras, llenaba las penumbras, poniendo sudores de miedo en las sienes y en las nucas…). Borráronse las Osas y constelaciones en un alba gris, y la capital seguía en silencio. El país entero seguía en silencio. La metralla había sido inútil. El sol metíase lentamente en las calles, sacaba menudos brillos de los cristales rotos que cubrían las aceras. Y ahora, para colmo, el Jefe de la Policía comprobaba que sus hombres estaban aterrorizados. No se hubiesen mostrado tan encogidos, tan malencarados, tras de una lucha de calles, un asalto a barricadas, una trabazón de infantes y jinetes, un ataque, hombro con hombro, contra una multitud armada de palos, de cabillas, de tubos de hierro, y hasta de algún arma de fuego —pistolas viejas, generalmente; fusiles de caza, escopetas de otros tiempos—; estaban aterrorizados ante el silencio, la soledad en que se hallaban, la vaciedad de calles que desembocaban a las laderas de los montes circundantes, sin que en ellas, hasta donde alcanzara la vista, se viese transeúnte alguno. Menos hubiesen temido una carga de gentes enardecidas que el tiro solo, aislado; ese tiro suelto, único, bien pensado, tras de mucho centrar la imagen en la mira, que podía salir de un tejado, una azotea, dejando un hombre tendido en el asfalto con la sien, el entrecejo, tan limpiamente, tan certeramente agujereados como si en ellos se hubiese encajado una lezna de talabartero. Acuarteladas estaban las tropas; vivaqueaban los de la infantería en sus patios, fumaban los centinelas en sus garitas. Y nada. El silencio. Un silencio que rompía a veces —muy de tarde en tarde— el estruendo de una motocicleta acelerada por el miedo de quien, a horcajadas sobre ella —eran todas de marca Indian—, llevaba algún desagradable, lacónico y confidencial mensaje al Palacio. Allí, rendidos los unos en butacas y divanes, manteniéndose despiertos a fuerza de tabaco y café los que tenían las entrañas demasiado estragadas por el licor, estaban, de caras cerosas, cuellos sucios, chaquetas quitadas, tirantes de fuera, los Altos Jefes y Dignatarios de la Nación. Tieso, inmóvil, digno y ceñudo en medio del desplome de los demás, el Primer Magistrado esperaba: esperaba a La Mayorala Elmira que, embozada en un chal de bolillo, había salido a buscar noticias vivas, de andar por calles, de arrimar la oreja a las puertas, de meter el ojo en ventana entornada, de hacer hablar a un improbable transeúnte —comadrita borracha, saqueador de menudencias, tembloroso apremiado de aguardiente— hallados por el camino. Pero ahora le volvía, tras de mucho andar, sin haber recogido nada interesante. O, mejor dicho, sí: una sola cosa. En todas las paredes, los muros, las vallas, de la ciudad, miles de manos misteriosas habían escrito con tizas claras —blancas, azules, rosadas— una sola frase, siempre la misma: «¡Que se vaya! ¡Que se vaya!»… El Mandatario, tras de una breve pausa, sacudió una campanilla, como en sesión parlamentaria. Los demás se levantaron de donde yacían, tratando, con ajustes de corbatas, cierre de botonaduras, y manos llevadas al pelo, de recobrar alguna compostura. —«La bragueta, y perdone» —dijo Elmira al Ministro de Comunicaciones, advirtiendo que la tenía abierta. —«Señores» —dijo el Primer Magistrado… Y fue un discurso bueno, dramático aunque sin toques de emoción o elocuencia, simple glosa a lo narrado por La Mayorala. Si sus compatriotas tenían su renuncia por necesaria; si sus colaboradores más fieles (y les rogaba que le respondieran llanamente, con franqueza, con ecuanimidad…) compartían ese criterio, estaba resuelto a entregar el poder, inmediatamente, a quien se creyera mejor capacitado para asumirlo. —«Espero vuestra respuesta, Señores». Pero los señores no respondían. Y, después de unos minutos de estupor, de agónico recuento de realidades, fue el Miedo, el Gran Miedo —el Miedo Azul, irrebasable, de la conseja popular. Pensaban todos, de pronto, mirándose unos a otros, que la permanencia, la presencia, la dureza, y, sobre todo, la Plena Aceptación de Responsabilidades, la Plena Aceptación de Culpas, de Quien ahora esperaba el sonido de una voz con creciente impaciencia, era lo único que podía salvarlos de lo que ya les estaba rondando las casas. Si la ira popular se desataba, si las masas se tiraban a las calles, buscarían un absceso de fijación, un objeto donde descargar sus martillazos, un chivo emisario, una Cabeza Máxima para alzarla en la punta de una pica, mientras ellos, acaso, tomando distintos rumbos de fuga, lograrían escapar por algún medio. De lo contrario, el furor los alcanzaría a todos por igual, y sus cuerpos, a falta del Cuerpo que tenían delante, irían a parar, arrastrados, descuartizados, sin semblantes identificables, a las cloacas de la ciudad —cuando no los hubiesen colgado de un poste telegráfico con infamante letrero en el pecho… El Presidente del Senado, por fin, tomó la palabra, diciendo lo que todos querían que dijese: Que después de tantos sacrificios hechos por el bien del país (aquí, enumeración de algunos…), en momentos en que nuestra nacionalidad era amenazada por fuerzas disolventes (aquí, imprecatoria contra socialistas, comunistas, beduinos internacionales [?], El Estudiante y su periódico, el catedrático de Nueva Córdoba y su partido creado ayer, como quien dice, con el pedante título de Alfa-Omega —«ése es el que más jode», comentó Peralta, al punto acallado por un disgustado gesto del escuchante), en estas horas críticas, se pedía al Primer Magistrado una suprema muestra de abnegación, etc., etc., porque si en tan grave trance nos abandonaba privándonos de los auxilios de su lucidez y sagacidad política (aquí, mención de otras cualidades y virtudes), la Patria, desamparada, sólo podría gemir, como Nuestro Señor en la Cruz: «Eloi, Eloi, lama sabachtani»… El Presidente, que había escuchado con la cabeza gacha, caído el mentón sobre la pechera, abrió los brazos en un enérgico enderezo de todo el cuerpo: —«Señores, trabajemos… Queda abierto el Consejo». Hubo largos aplausos y cada cual ocupó su puesto en la larga mesa que centraba el salón contiguo, adornado de auténticos Gobelinos.

Y aquel día, a eso de las 3 de la tarde, empezaron a sonar muchos teléfonos. Unos, al principio, intermitentes y desperdigados. Luego, más numerosos, más subidos de tono, más impacientes en largar gritos. Una multitud de teléfonos. Un vasto coro de teléfonos. Un mundo de teléfonos. Y llamadas de patio a patio, voces que corrían sobre los tejados y azoteas, pasaban de cerca a cerca, volaban de esquina a esquina. Y ventanas que empiezan a abrirse. Y puertas que empiezan a abrirse. Y uno que se asoma, gesticulando. Y diez que se asoman, gesticulando. Y las gentes que se tiran a las calles; y los que se abrazan, y los que ríen, y los que corren, se juntan, se aglomeran, hinchan su presencia, forman cortejo, y otro cortejo, y otros cortejos más que aparecen en las bocacalles, bajan de los cerros, suben de las hondonadas del valle, se funden en masa, en enorme masa, y claman: «¡Viva la Libertad!»… Ya lo saben todos y lo repiten todos: el Primer Magistrado acaba de morir. De un infarto cardiaco, dicen unos. Pero, no; ya se sabe que fue asesinado por unos conjurados. Tampoco: el que disparó fue un sargento afiliado al Alfa-Omega. Pero no, tampoco fue así: uno que sabe, sabe que fue derribado por El Estudiante, así, con la misma pistola belga que el Hombre tenía siempre sobre la mesa, vaciándole todo el peine —unos dicen que esos peines son de seis balas, otros que de ocho— en el cuerpo. Un camarero de Palacio, que lo vio todo, dice… Pero ha muerto. Ha muerto. Esto es lo grande, lo hermoso, el júbilo, la enorme fiesta. Y parece que están arrastrando el Cadáver —el enorme Cadáver— por las calles. Lo vieron los del barrio de San José —tirado de un camión, rebotándole el cráneo sobre el adoquinado. Ahora, ir hacia el centro cantando el Himno Patrio, el Himno de los Libertadores, La Marsellesa, y algo de La Internacional que surge de pronto, inesperadamente, a la luz del día, entonada en coro… Pero en eso aparecen los carros blindados de la 4.ª Motorizada, abriendo fuego sobre la multitud. Dispara, de golpe, la guarnición de Palacio, resguardados los hombres por los anchos balaustres de la terraza superior y los sacos de arena traídos días atrás. Caen granadas de la torre de la Telefónica, abriendo aullantes boquetes en la muchedumbre que, abajo, se aglomeraba en un mitin. Asoman sus bocas, en las esquinas, docenas de ametralladoras. Cerrando las avenidas avanzan ahora, lentamente, pausadamente, policías y soldados en filas apretadas, largando una descarga de fusil a cada tres pasos. Y ahora corren, huyen, las gentes despavoridas, dejando cuerpos y más cuerpos y otros cuerpos más en el pavimento, arrojando banderolas y pancartas, tratando de meterse en los zaguanes, de forzar las puertas cerradas, de saltar a los patios interiores, de levantar las tapas de las cloacas. Y las tropas avanzan, despacio, muy despacio, disparando siempre, pisando a los heridos que yacen en el piso, o rematando, a culata o bayoneta, al que se les agarra de las polainas y botas. Y, al fin, luego del descrescendo y dispersión de la turbamulta, quedan las calles desiertas otra vez. Salen los carros bomberos para apagar algunos incendios. Suenan, aquí, allá, desgarradas, largas, en roja insistencia, las sirenas de ambulancias. Al caer la noche, todas las calles son patrulladas por el ejército. Y tienen todos —todos aquellos que tanto hubiesen cantado los himnos y dado vivas a esto y aquello— que darse cuenta de una realidad atroz. El Primer Magistrado se asesinó a sí mismo, hizo difundir la noticia de su muerte, para que las masas se echaran a las calles y fuesen ametralladas en soberano alcance de tiro… Y ahora, sentado en la silla presidencial, rodeado de sus gentes, celebraba la victoria: —«Ya verán cómo mañana se abren todas las tiendas, y se acaban las cabronadas y mariqueras». Afuera, seguía el coro de las sirenas. —«Trae champaña, Elmira. Del bueno; del que está en el mueble que tú sabes»… De tarde en tarde sonaba un disparo de rifle, aislado, lejano, de sonido más débil que el de las armas reglamentarias. —«Todavía queda, por ahí, algún pendejo» —decía el Mandatario—:

«Señores: una vez más, la hemos ganado»… Y tantas cosas habían ocurrido durante el día, tan abandonados estaban los edificios públicos, que nadie advirtió un hecho raro: la repentina desaparición —el robo, desde luego— del Diamante del Capitolio; sí, de aquel enorme diamante de Tiffany engastado en el corazón de una estrella y que, al pie de la gigantesca estatua de la República, marcaba el Punto Cero —convergencia y partida— de todas las grandes carreteras del país.





En El recurso del método (1974)
Tapa, contratapa y portadilla de su primera edición
Al cuidado de Martín Soler, Siglo XXI Editores, México, 1974
Imagen de tapa: Ritmo libre volador, de Myra Landau

martes, 28 de marzo de 2017

Vicente Aleixandre: Elegía en la muerte de Miguel Hernández y una carta








Elegía en la muerte de Miguel Hernández

I

No lo sé. Fue sin música.
Tus grandes ojos azules
abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,
cielo de losa oscura,
masa total que lenta desciende y te aboveda,
cuerpo tú solo, inmenso,
único hoy en la Tierra,
que contigo apretado por los soles escapa.
Tumba estelar que los espacios ruedas
con sólo él, con su cuerpo acabado.
Tierra caliente que con sus solos huesos
vuelas así, desdeñando a los hombres.
¡Huye! ¡Escapa! No hay nadie;
sólo hoy su inmensa pesantez de sentido,
Tierra, a tu giro por los astros amantes.
Sólo esa Luna que en la noche aún insiste
contemplará la montaña de vida.
Loca, amorosa, en tu seno le llevas,
Tierra, oh Piedad, que sin mantos le ofreces.
Oh soledad de los cielos. Las luces
sólo su cuerpo funeral hoy alumbran.


II

No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. El supo,
sólo él supo. Hombre tú, solo tú, padre todo
de dolor. Carne sólo para amor. Vida sólo
por amor. Sí. Que los ríos
apresuren su curso: que el agua
se haga sangre: que la orilla
su verdor acumule: que el empuje
hacia el mar sea hacia ti, cuerpo augusto,
cuerpo noble de luz que te diste crujiendo
con amor, como tierra, como roca, cual grito
de fusión, como rayo repentino que a un pecho
total único del vivir acertase.
Nadie, nadie. Ni un hombre. Esas manos
apretaron día a día su garganta estelar. Sofocaron
ese caño de luz que a los hombres bañaba.
Esa gloria rompiente, generosa que un día
revelara a los hombres su destino; que habló
como flor, como mar, como pluma, cual astro.
Sí, esconded, esconded la cabeza. Ahora hundidla
entre tierra, una tumba para el negro pensamiento cavaos,
y morded entre tierra las manos, las uñas, los dedos
con que todos ahogasteis su fragante vivir.


III

Nadie gemirá nunca bastante.
Tu hermoso corazón nacido para amar
murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio...
¡Ah! ¿Quién dijo que el hombre ama?
¿Quién hizo esperar un día amor sobre la tierra?
¿Quién dijo que las almas esperan el amor y a su sombra florecen?
¿Que su melodioso canto existe para los oídos de los hombres?
Tierra ligera, ¡vuela!
Vuela tú sola y huye.
Huye así de los hombres, despeñados, perdidos,
ciegos restos del odio, catarata de cuerpos
crueles que tú, bella, desdeñando hoy arrojas.
Huye. hermosa, lograda,
por el celeste espacio con tu tesoro a solas.
Su pesantez, al seno de tu vivir sidéreo
da sentido, y sus bellos miembros lúcidos para siempre
inmortales sostienes para la luz sin hombres.





En Cuadernos de las horas situadas (1948)
Y luego en Nacimiento último (1952)
Manuscrito autógrafo del autor y retrato junto a la tumba de Miguel Hernández







"Mi corazón tiene un saldo en contra, una ternura en el vacío": Carta de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández [1° de septiembre de 1936]


[Miraflores de la Sierra] 1° de septiembre [1936]

Mi querido Miguel: me ha impresionado mucho la desgracia que aflige a tu Josefina y a los suyos, y con ella a ti. Me ha dado mucha compasión. Siempre es terrible perder a un padre querido, pero perderlo así tiene que serlo mucho más, mucho más penoso y tristísimo, con una angustia y un dolor que dejan casi [estu[pe]factos]. Y luego ese problema de tener que seguir viviendo; el problema material de subsistir sin medios para ello. Tú, con tu gran corazón, sufres por ellos y para ellos y te llenas de preocupación. Ayer hablé mucho de ti con Francisco Giner, de tus problemas, y le dije que a ver si podía hacer su padre algo en cuanto a empleos por ti. Le dije lo que hacías en Espasa-Calpe y que tu trabajo era temporal y terminaría pronto. Francisco es bueno y te admira, y se interesó mucho, y cree que quizá su padre pueda hacer por ti si sigue de ministro. Se le ocurrió, improvisando (su padre es amigo de Olarra), ver si el ministro se interesaba cerca del gerente de Espasa para que pases a funcionario fijo. Cuando regresemos todos a Madrid será el momento de ver qué puede hacerse por su parte. Tú ve pensando, y, si se te ocurre algo, cuando allí te entrevistes (conmigo) con Francisco, se lo dices. Todo esto todavía no es nada, de modo que no nos alegremos prematuramente. Pero tú ve pensando. Francisco estoy seguro de que hablará a su padre, cuando llegue el momento, con todo el cariño. Claro que hay que esperar a que pase esta guerra que sufre España. Esperemos que no tarde mucho.

Me alegro [de] que te gustara el poema. No, no era desconfianza para el lector (¿cómo iba a serlo, siendo el lector tú?): mis explicaciones no lo eran: eran deseo, gusto de comunicación contigo sobre él. Como si hubiéramos charlado allá en Velintonia. Miguelillo, cómo sabes sorber como un gigante, como un hombre, toda forma de poesía. Ay, poeta, qué línea tan clara viene de tu sangre cuando me hablas. Qué bien te siento. En fin, Miguel, ya ves, quedamos en que se dan gritos de amor o gritos de muerte. A veces pienso si estos gritos unidos, en mí, serán consecuencia de que yo no he sido totalmente feliz en casi ningún amor. He sufrido en el amor, pasando rápidamente de gloria a infierno, y viceversa, sin transición. Porque no me han querido nunca como yo he querido; aunque me hayan querido, nunca, ay, supieron quererme como mi corazón pedía. Sólo una vez me quisieron así, con locura, con desatino, con frenesí... y entonces yo no quería. Ya ves. Otra vez quise de ese modo y fui querido lo mismo (es la única), y el fin fue trágico, de un modo que dejó huella en mí para mientras viviera.

De modo que mi corazón tiene un saldo en contra, una ternura en el vacío, y ha trabajado para el aire, para el polvo. Quizá por eso no está gastado por otra parte, y vive y canta con el robusto anhelo de una juventud que para él no veo cuándo acabe. Creo que cuando muera. Porque me parece que será joven hasta la tumba. Desde un comienzo supo que el amor y la muerte son como dos caras de la misma misteriosa presencia, y que el amor, tan arrebatador, tan inaprensible, es como la delicada y mágica apariencia del último contacto, disolución en la unión para siempre. En algunos sitios, al momento del último goce físico en brazos del amor le llaman “la muerte chiquita”. Fíjate qué maravilla: ¡la muerte chiquita! Y eso es: porque es el aniquilamiento momentáneo sobre un cuerpo que mata. Y qué pena despertar, resucitar, para esa otra clase de muerte: la muerte vulgar de cada minuto. Pero, en fin, de todo se hace nuestra vida y no hay que renegar de nada.

Todo esto a propósito de un poema. Para que veas, que no son explicaciones, sino afán de comunicación contigo. Como la poesía está tan unida a la vida, hablar de una es hablar de la otra. Y no es que yo piense en los incidentes concretos de mi vida cuando escribo. Es la mano de un hombre la que escribe, y lo que apetece al hombre poeta es que su poesía no sea suya sola, sino de otros hombres, otros que amaron y sufrieron, y que al oír la poesía digan algo que es suyo, como de otros, otros que amaron y sufrieron como ellos, antes que ellos, después que ellos...

Tú sabes de esto como yo. Tu corazón es de carne, y hay en la vena de tu poesía un latido que es comunión humana con otros corazones. Los poetas así, cuando cantamos nuestro[s] sentimientos no hablamos de nosotros, ¡no!; yo siento que por mí hablan muchos hombres que no escriben versos.

Miguelillo, parece que veo brillar tu mirada charlando de todas estas cosas. Anteayer escribí a Carlos Fenoll. Ayer a Pablo. No, no saldré de Miraflores por ahora. Cuando lo haga será para ir a Madrid, pero no creo que sea antes de fin de mes. Aquí hay tranquilidad. Estuve en Madrid, pero el calor me sentaba muy mal y me puse enfermo. Aquí estoy mejor; algún día salgo fuera de casa y voy un poco por algún camino en el campo, generalmente con Francisco. Hay ocasiones, como la presente, en que habitar un cuerpo de tercera resulta mortificante y desesperante. No te creas que estoy peor que otros años; más bien mejor, pero a ratos me apena ver fallar mi cuerpo por la salud y cuando más necesario me sería para hacer frente a todo.

Miguel, ya ves qué carta tan larga te estoy escribiendo. Le he preguntado a Manolo si sabe algo del posible jurado de tu concurso. Si lo hay y lo sabe, te lo comunicaré. Yo dudo que ahora se resuelva el asunto. Supongo que El labrador de más aire vendrá contigo de tu Orihuela. Ya nos reuniremos con él y con tus oriolanos.

Tu Josefina no me conoce. Pero dile que un amigo tuyo se acuerda de ella y a través de ti se une a su pena tan grande.

Escríbeme pronto. Ya ves yo. Y dime si todavía te podré escribir a Orihuela.

Miguelillo, me alegra mucho ver nuestra amistad tan honda. Qué fuerte me hace ella también. Mientras vivamos seremos amigos. Te abrazo mucho y siempre igual, hasta siempre. 

Vicente


Texto e imagen en: Epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa, Ed. Espasa, Madrid, 2015


lunes, 13 de febrero de 2017

Alberto Girri: Subsistencias







Cuando la idea del yo se aleja

De lo que va adelante
y de lo que sigue atrás,
de lo que dura y de lo que cae,
me deshago,
abandonado quedo
del fuerte soplo,
del suave viento,
y quieto, las espaldas
vueltas las manos hacia arriba,
apoyo en el suelo,
corazón
abjurando de armas, faltas,
de oraciones donde borrar las faltas,
blando organismo, entidad
que ignora cómo decir: "Yo soy"
y en la enfermedad y la muerte,
vejez y nacimiento,
ya no encontrarán lugar,
como no lo encontraría el tigre
para meter su garra,
el rinoceronte el cuerno,
la espada su filo.

Antes hacía, ahora comprendo.

En El ojo (1963)



Subsistiré, subsisto*

Subsistiré, subsisto,
ser el pimpollo,
ser el transitorio pez,
naturaleza como mezcla.
Apenas anunciado,
la permanente degradación
me empuja la cambio,
inimaginable consumo
de fuego elemental,
agua, aire, tierra,
y formas que nunca nacen,
por ya engendradas
actuales y futuras,
retrospectivas formas,
repitiéndome en todos
cargado a una inmortalidad
llamada muerte,
cuando el odio me disocie,
y lo oscuro sea recompensa;
amor,
cuando presunta pureza,
me identifique en un lugar,
interior tentativa de conservación,
la única que pueden permitirme
tiempo y especies.

En Escándalo y soledades (1952)


*Estos versos serían llevados luego por Girri a la voz de Beatrix Criado, como parte del libreto escrito junto a William Shand para la ópera Beatrix Cenci, musicalizada por Alberto Ginastera y estrenada en la inauguración del Kennedy Center de Washington el 10 de septiembre de 1971. En la escena final, decimocuarta del Acto Único de esta ópera, Beatrix implora, antes de morir:


Estoy preparada para lo peor,
y lo peor será mi destino;
pero aún así
hallo consuelo en el hecho que me costará la vida.
(Subsistiré, subsisto,
ser del pimpollo,
ser del transitorio pez,
naturaleza como mezcla.
Apenas anunciada
la permanente degradación
me empuja al cambio,
inimaginable consumo
de fuego elemental...)
Es más fácil morir habiendo muerto Cenci,
que vivir con Cenci carcomiendo mis entrañas
(...de fuego elemental, agua, aire, tierra,
y formas que nunca nacen por ya engendradas,
actuales y futuras, retrospectivas formas
repitiéndome en todos,
y yo todo y todos,
cargado a una inmortalidad llamada muerte...)
En la muerte encontraré mi única forma de vivir
¡La muerte! ¡La muerte!
(...muerte,
cuando el odio me disocie,
y lo oscuro sea recompensa; amor,
cuando presunta pureza
me identifique en un lugar,
interior tentativa de conservación,
la única que pueden permitirme tiempo y especies.)

En Beatrix Cenci (1971)

Retrato de Alberto Girri en publicación periódica s/d


sábado, 18 de junio de 2016

Manuel Mujica Láinez: El vagamundo, 1839







  Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su viejo enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero cuya presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. Por alguna parte de la pulpería se despereza ahora ese amor que enciende sus llamas secretas y que le obligará a partir. Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir en cuanto el amor alumbra. Y el amor alumbra todas las veces, en todas partes, en todas las épocas. ¡Ay, si la falta fue grave, también es terrible el castigo! Llegar y partir, llegar y partir; con la eterna, la infinita zozobra frente a ese amor que, eludido, torna a formarse y a crecer, a modo de una enredadera que llena el aire de látigos y le impulsa a andar, a andar de nuevo, a andar…

  Y así siempre, siempre, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Hungría, en Polonia, en España, en Moscovia, en Suecia, en Dinamarca; en Oriente y en Occidente; aquí y allá, aquí y allá, siempre, siempre. Siempre con sus trajes flotantes, con sus ojos pálidos, con sus barbas finas, con sus duras manos viriles. Andando, andando… Y ahora, en Buenos Aires. ¿Qué más da? También tenía que venir aquí, e irá a Chile y al Perú y a México y a donde sea, andando, andando… ¡Ojalá el amor consiguiera sofocarle por fin, para que muriera! Pero no; él no muere. No murió en Vicenza, hace tanto tiempo, cuando le encarcelaron por espía y resolvieron ahorcarle; hasta las sogas más gruesas se rompieron y el «capitano», absorto ante la maravilla, ordenó que le dejaran ir. Ir, ir… Eso era, precisamente, lo único que él no quería, mas no hubo nada que hacer. Y de nuevo a andar, a andar…

  El rumor de la fiesta entra por la ventana de la pulpería, y el hombre que jamás sonríe no lo escucha. Escucha con los oídos de su corazón a ese amor que madura en alguna parte, cerca, muy cerca, detrás del flaco tabique que aísla su cuarto de viajero. Tanto ha caminado, que confunde las regiones, los años y los episodios; pero al amor no lo confunde porque el amor es el enemigo y siempre debe estar pronto a enfrentarlo, a prevenirlo, a rechazarlo, y sus sentidos se han aguzado sutilmente, horriblemente, para percibir su presencia en seguida. Lo demás… lo demás ¿qué le importa? En Venecia, en Nápoles, en Sicilia, cantan su historia extraña o la refieren; con ella compusieron los ingleses una balada, y los flamencos otra, que es como una queja dulce. Los imagineros populares pregonan su efigie y le dan nombres distintos. A veces las gentes le han acosado como a un perro rabioso, y a veces le agasajaron y pidieron su consejo. En Alemania, el populacho cristiano invadió en más de una ocasión los barrios judíos, gritando que le tenían allí oculto y que le quemarían en el mercado; y en Florencia la multitud colmó la plaza de los Alberti para verle, tocarle y acompañarle entre hachones deslumbrantes hasta la Señoría, donde le acogieron como a un huésped ilustre. Y en España le llamaron Juan Espera-en-Dios, y en Siena… en Siena tuvo que resolver si el cuadro en el cual Andrea Vanni representó a Cristo agobiado bajo la cruz estaba parecido, si Cristo era en verdad así… Pero de eso hace mucho tiempo… centurias… Su vida se mide por centurias…

  El rumor de la fiesta invade su aposento. El cortejo estará llegando. El hombre se pone a la ventana y observa, en frente, la iglesia de Monserrat adornada con ramos de olivo y con banderas. Repican las campanas. Golpean los tambores de los negros. El carro triunfal rueda por el medio de la calle. La muchedumbre lo rodea entre cánticos y vivas.

  A su espalda la puerta se abrió y entra la sobrina del pulpero. Sin volverse, el hombre siente que el amor está ahí, flotando, que todavía no se define y titubea, pero que ya está ahí y ya empieza a mostrar las uñas y los colmillos.

—Mi tío manda decir a su mercé que si no quiere bajar al zaguán, que asistirá mejor a la fiesta.

  El hombre recoge su atado, la alforja que tiene perpetuamente lista, y la sigue. Sabe que pronto deberá partir.

  En el zaguán aplástase la gente. El olor de los asados que crepitan detrás de la iglesia se mezcla al perfume de las magnolias. Hay quienes se han puesto de rodillas. Afuera, brilla el rojo. Todo es rojo en la parroquia de Monserrat, esta mañana de fiesta: las colgaduras, los cintajos, los abanicos, las testeras y coleras de los caballos, los chiripás que ondulan en la brisa. Las flores y el hinojo alfombran las calles. Ilumínanse los vidrios de las casas con las luces internas y se recortan, pegados en las ventanas, los versos que elogian al Restaurador, a Rosas el Grande. Y el Restaurador avanza de pie, en la majestad del lienzo enorme pintado quizás por García del Molino. Triunfa en el carro lento, tapizado de seda escarlata, que los clérigos, los militares y los magistrados empujan hacia la iglesia de Monserrat, como si condujeran en alto, sobre las ruedas pesadas, una hoguera.

  El hombre de barba fina y ojos pálidos mira el desfile sin verlo. Otros muchos desfiles ha visto en su vida andariega. Ha visto la entrada de los podestás orgullosos, en las ciudades del Renacimiento, bajo arcos esculpidos por los artistas admirables; ha visto a los emperadores, al frente de los cortejos heroicos, las coronas ciñéndoles los cascos de hierro, al viento los estandartes, y alrededor los siervos humillados en la nieve. Ha visto… ¿qué no ha visto él, que conoce todos los idiomas y todos los dialectos, que habla el toscano y el bergamasco y la lengua de Sicilia y las jerigonzas indostanas y las tablas chirriantes del Asia Menor?

  Mira el desfile sin verlo. Otra comitiva pasa ahora ante la inmensa lasitud de sus ojos. ¿Siempre tendrá que verla, Dios de Moisés y de Elías? ¿Siempre se renovará la escena de su maldición?

  Él era zapatero, en Jerusalén. Cuando el que arrastraba la cruz se detuvo ante su puerta, y se apoyó en ella un instante, para recobrar las fuerzas, él le dijo ásperamente:

  —Ve, sigue, sigue tu camino.

  Y Jesús le respondió, escrutándole con los ojos húmedos:

  —Yo descansaré, pero tú caminarás hasta que regrese a juzgar a los mortales.

  Y el Señor continuó su marcha. Venía de lejos, del lithostrotos de Poncio Pilato, de la casa de Anás, de la casa de Caifás, y trepó la cuesta del Gólgota, cayendo y levantándose, entre el cortinaje de picas y el llanto de las mujeres piadosas. Su huella era púrpura.

  El hombre baja los párpados. Los alza una vez más y nota que el carro de triunfo se para delante de la iglesia de Monserrat y que descienden con pompa el retrato del dictador rubio en cuyo uniforme ciega el oro de los laureles.

  ¡Ay, a aquel otro, al que sudaba sangre, no le llevaban en un carro de gloria! Los pretorianos se mofaban de él y los caballos de arneses escandalosos manchaban sus vestiduras con el lodo que arrojaban al pasar al galope.

  —Yo descansaré, pero tú caminarás…

  Ya lo siente. El amor, su enemigo, está aquí. La sobrina del pulpero le roza el brazo y él siente el contacto como una quemadura cruel. Es el amor: el deseo antiguo como el mundo; el hambre que devora y enriquece; el hambre de los cuerpos y las almas; el hambre… El peregrino aprieta los labios para no pronunciar las palabras que debe decir cada vez, pero las palabras le horadan los labios y escapan, monótonas, como siempre:

  —Ve, sigue, sigue tu camino.

  La muchacha le contempla asombrada. ¡Sería tan hermoso quedarse junto a ella, hundir la cabeza en la frescura de su regazo, y reposar! Pero no. El amor es el signo, la orden de marcha. Hasta el fondo de los tiempos le perseguirá, irónico, vengándose sin alivio de quien odió porque sí, por odiar, sólo por odiar.

  El judío errante se echa la alforja a la espalda y se aleja.





Manuel Mujica Láinez
En Misteriosa Buenos Aires (1950)
Retrato de Manuel Mujica Láinez
Foto ©Aldo Sessa, 1980
Portada de Misteriosa Buenos Aires

martes, 7 de junio de 2016

Silvina Ocampo: Informe del Cielo y del Infierno






  A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

  Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vestido de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos, y no Dios, los creó así.

  Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

  Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.



Silvina Ocampo
En Cuentos Completos I (1999)
Primera publicación en La furia y otros cuentos (1959)
Posteriormente incluido por Borges y Bioy Casares
En Libro del Cielo y del Infierno (1960)
Retrato de Silvina Ocampo en Mar del Plata
Fotografía de acervo familiar
Al pie: portada de la publicación

martes, 31 de mayo de 2016

Ítalo Calvino: La perfección de las máquinas crueles







  Aquel día debía tener lugar un proceso contra unos bandoleros arrestados el día anterior por los esbirros del castillo. Los bandoleros eran gente de nuestro territorio y por lo tanto era el vizconde quien debía juzgarlos. Se hizo el juicio y Medardo se sentaba en el sillón encorvado y se mordía una uña. Vinieron los bandoleros encadenados: el cabecilla de la banda era aquel chico llamado Fiorfiero que había sido el primero en ver la litera mientras pisaba la uva. Vino la parte ofendida y eran unos caballeros toscanos que, dirigiéndose a Provenza, atravesaban nuestros bosques cuando Fiorfiero y su banda les asaltaron y robaron. Fiorfiero se defendió diciendo que aquellos caballeros habían venido furtivamente a nuestras tierras, y que él les había dado el alto y desarmado creyéndoles precisamente cazadores furtivos, en vista de que no lo hacían los esbirros. Hay que decir que por aquellos años los asaltos de bandoleros eran una actividad muy difundida, por lo que la ley era clemente. Aparte de que nuestra región era particularmente adecuada para el bandolerismo, de modo que incluso algún miembro de nuestra familia, sobre todo en tiempos revueltos, se unía a los bandoleros. De la caza furtiva ya no hablo, era el delito más leve que se pudiera imaginar.

  Pero los temores de la nodriza Sebastiana estaban fundados. Medardo condenó a Fiorfiero y a toda su banda a morir ahorcados, como reos de rapiña. Pero como los robados eran a su vez reos de caza furtiva, también condenó a éstos a morir en la horca. Y para castigar a los esbirros, que habían intervenido demasiado tarde, y no habían sabido prevenir ni las fechorías de los cazadores furtivos ni las de los bandoleros, también para ellos decretó la muerte en la horca.

 En total eran una veintena de personas. Esta cruel sentencia produjo consternación y dolor en todos nosotros, no tanto por los gentileshombres toscanos que nadie había visto hasta entonces, como por los bandoleros y los esbirros que eran por lo general estimados. A Maese Pietrochiodo, albardero y carpintero, se le encargó construir la horca: era un trabajador serio e inteligente, que ponía interés en su trabajo. Con gran dolor, porque dos de los condenados eran parientes suyos, construyó una horca ramificada como un árbol, cuyas sogas subían todas al mismo tiempo maniobradas por un solo árgano; era una máquina tan grande e ingeniosa que se podía ahorcar con ella de una sola vez incluso a más gente de la condenada, de modo que el vizconde aprovechó para colgar diez gatos alternados cada dos reos. Los cadáveres rígidos y la carroña de gato se bambolearon durante tres días, y al principio nadie se atrevía a mirarlos. Pero pronto nos dimos cuenta del aspecto imponente que ofrecían, y también la cabeza se nos iba en disparatados pensamientos, de tal forma que incluso nos desagradó decidirnos a descolgarlos y a deshacer la gran máquina.

[...]

   Por la mañana yo iba a menudo al taller de Pietrochiodo a ver las máquinas que el ingenioso maestro estaba construyendo. El carpintero vivía con angustias y remordimientos cada vez mayores, desde que el Bueno venía a verle por la noche y le reprochaba el triste fin de sus inventos, y le instigaba a construir mecanismos puestos en marcha por la bondad y no por la sed de crueldades.

 —Pero así, ¿qué máquina debo construir, Maese Medardo? —preguntaba Pietrochiodo.

 —Ahora te lo explico: podrías por ejemplo… —y el Bueno empezaba a describirle la máquina que le habría encargado él, de haber sido el vizconde en lugar de su otra mitad, y se ayudaba en la explicación trazando confusos dibujos.

  A Pietrochiodo primero le pareció que esta máquina debía de ser un órgano, un gigantesco órgano cuyas teclas hicieran brotar música dulcísima, y ya se disponía a buscar la madera adecuada para los tubos, cuando de otra conversación con el Bueno volvió con las ideas más confusas, porque parecía que quería hacer pasar por los tubos harina en lugar de aire. En fin, tenía que ser un órgano, pero también un molino, que moliera para los pobres, y también, posiblemente, un horno para hacer las tortas. El Bueno cada día perfeccionaba más su idea y emborronaba con dibujos papeles y papeles, pero Pietrochiodo no conseguía seguirle; porque este órgano-molino-horno también tenía que sacar el agua de los pozos ahorrándoles fatiga a los asnos, y desplazarse sobre ruedas para contentar a los distintos pueblos, y aun en días de fiesta suspenderse en el aire y atrapar, con redes alrededor, mariposas.

  Y al carpintero le venía el pensamiento de que construir máquinas buenas estaba más allá de las posibilidades humanas, mientras que las únicas que realmente podían funcionar en la práctica y con exactitud eran los patíbulos y las de aplicar tormentos. Y en efecto, apenas el Amargado le exponía a Pietrochiodo la idea de un nuevo mecanismo, enseguida se le ocurría al maestro el modo de realizarlo y ponía manos a la obra, y cada detalle les parecía insustituible y perfecto, y el instrumento acabado una obra maestra de técnica e ingenio.

  El maestro se angustiaba:

  —¿Estará quizá en mi ánimo esta maldad que me hace acertar sólo en las máquinas crueles?

  Pero mientras tanto seguía inventando, con celo y habilidad, otros tormentos.

  Un día le vi trabajar con un extraño patíbulo, en el que una horca blanca enmarcaba una pared de madera negra, y la cuerda, también blanca, corría a través de dos agujeros en la pared, en el punto del nudo corredizo.

  —¿Esta máquina qué es, maestro? —le pregunté.

  —Una horca para ahorcar de perfil —dijo.

  —¿Y para quién la habéis construido?

  —Para un solo hombre que condena y es condenado. Con media cabeza se condena a sí mismo a la pena capital, y con la otra mitad entra en el nudo corredizo y exhala el último suspiro. Me gustaría que se confundiera entre las dos.


Ítalo Calvino
En El vizconde demediado (1952)
Versión castellana de Francesc Miravitlles 
Ítalo Calvino apoyado en una ventana
Torino, 17 de junio 1954, cuando era jefe de redacción de Einaudi


domingo, 22 de mayo de 2016

Raúl Gustavo Aguirre: Por último






Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado. Haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.



Raúl Gustavo Aguirre
En Señales de vida (1962)
Foto: Raúl Gustavo Aguirre, Elizabeth Azcona Cranwell y Alejandra Pizarnik
En Alejandra Pizarnik. Una biografía de Cristina Piña

sábado, 14 de mayo de 2016

Isidoro Blaisten: Beatriz querida






"-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, 
Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges." 
Jorge Luis Borges, El Aleph


Tengo que escribir un cuento. Me van a pagar trescientos veinticinco dólares. Tengo un mes para escribirlo, mejor dicho, treinta y cuatro días a partir de hoy, y tengo que respetar las leyes del juego. Las leyes del juego de la Editorial Siluetas en lo que respecta a su semanario Romance son las siguientes: sexo, poco y lo imprescindible; si hay adulterio, ella o él, según el caso, tienen que volver al redil. Final feliz. Nada de malas palabras, nada de conflictos sociales, nada.
Trescientos veinticinco dólares es una cifra. Es casi medio año de alquiler, es el sueldo anual de la señora que viene a limpiar la casa, es todo lo que puedo consumir de café durante el año.Hoy es veintinueve de agosto. Miro la máquina de escribir. Me levanto y miro por la ventana. Me vuelvo a sentar. No se me ocurre nada. Miro la biblioteca. Siempre hago lo mismo. Me levanto y voy hacia la biblioteca. Saco las Obras Completas de Borges. Voy dando vuelta las páginas, mientras pienso que en Siluetas no les gusta que cite a Borges. Me han dicho que es demasiado intelectual. Con el marcador rojo acabo de subrayar esto en la página 624: "Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges".
No sé por qué subrayo esto, pero la mujer se va a llamar así: Beatriz Elena Viterbo. Hasta aquí vamos bien. Ahora la historia. Para evitar conflictos de adulterio lo mejor es contar la historia de un hombre y una mujer que están solos. Perfecto. Ahora supongamos que el hombre ha tenido un extraño sueño. El cuento empieza así, el hombre ha soñado con algo y recién en el final del cuento el hombre va a saber el significado del sueño. No va a saber que Beatriz Elena Viterbo existe y que en treinta y tres días se va a cruzar con ella cuatro veces.
Me levanté. Fui hasta la ventana. Las dos sombras de las torres del edificio de los atlantes se veían apenas en el cielo nublado. Volví al escritorio. Puse a un lado el marcador rojo, corrí el señalador de seda, cerré el libro y me fui a dormir. Entonces tuve el sueño. Pero lo que yo no supe, lo que yo no sabía, era que en ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo estaba dibujando el sueño que yo estaba soñando. En el sueño había cigüeñas. Muchas. Después iba a saber cuántas.
Había muchas cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes y una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos. Había una casa de pizarras antiguas. Una casa que después yo iba a conocer. La casa se incendiaba. Y el fuego que salía de dos de las tres ventanas con visillos de encaje, las cigüeñas, los lotos y los crisantemos eran un dibujo. Perfecto, cruel, luminoso. Hasta que soñé con los rectángulos. El cinco de octubre a las siete de la tarde iba a saber que en el dibujo había un hombre. Pero yo no lo había soñado.
Al día siguiente me senté a escribir. Eran las diez de la mañana. Mientras copiaba la frase de Borges, traté desesperadamente de recordar el sueño. Lo recordé todo. Menos los dos rectángulos que se superponían.
En ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo dibujaba al hombre. El hombre que en el sueño yo no había soñado. El hombre estaba en un ángulo del dibujo, arriba, al costado de las cigüeñas. Estaba de espaldas y se perdía en una extraña calle, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.
Con la espalda encorvada sobre la enorme mesa de sastre, el guardapolvo gris moteado de óleo imborrable y aureolas de trementina, Beatriz Elena Viterbo dibuja a la luz rasante de la lámpara. Haciendo girar el lápiz entre los dedos, recorre morosamente, minuciosamente, cada poro, cada espacio imperceptible del papel. De pronto en la espalda del hombre hay algo que no debe estar. Una puerta abierta por el viento, una puerta mal cerrada, el viento que se equivocó. Entonces, empecinados y dúctiles, los dedos de Beatriz Elena Viterbo aprietan el lápiz y el grafito va cubriendo la espalda del hombre y en la superficie blanca van surgiendo las zonas del negro, los grises espaciados, las luminosidades restallantes.
Mientras tanto yo escribo. Ya escribí la frase del comienzo, ya introduje la frase de Borges, ya conté la historia, ya conté el sueño, ya llegué al final de la hoja. Tengo que ponerle el título. Hago girar el carro de la máquina. Voy a ponerle el título antes del comienzo. Beatriz, no. Beatriz Elena Viterbo, no. Beatriz querida, sí.
Escribo Beatriz querida y ahora trato de recordar qué mujer que yo he conocido se llamaba Beatriz, sin saber que durante treinta y tres días me voy a encontrar cuatro veces con Beatriz Elena Viterbo. Y mientras Beatriz Elena Viterbo deja el lápiz sobre la enorme mesa de sastre, aparta el tablero, corre la silla hacia atrás y recorre con la vista cansada las paredes del taller, la reproducción de Modigliani, los trabajos enmarcados, dados vuelta, en el piso, apoyados contra la pared, el jarroncito de terracota donde están los lápices, yo la describo. La describo así: "Beatriz Elena Viterbo tenía las manos largas, los dedos largos, la mirada altiva. Tenía los ojos atentos y la pupila grande, de un azul definitivo. A veces cuando Beatriz Elena Viterbo apartaba el tablero se quedaba mirando por la ventara. Miraba la casa de enfrente. Es una casa extraña. El techo es de pizarras antiguas, en el tercer piso el ático permanece en la oscuridad. Se ven tres ventanas con visillos de encaje".
De dos de esas tres ventanas ahora está saliendo el fuego. Beatriz Elena Viterbo ya ha vuelto a encender la lámpara, ha vuelto a apoyar el tablero sobre la enorme mesa de sastre y va velando con el lápiz la base de amarillo, cambia el lápiz y cubre de bermellón, después el escarlata, el carmesí hasta que de pronto estalla. El fuego se expande en el papel Ingres, mientras yo voy escribiendo, pensando en los rectángulos, esos dos rectángulos del sueño que ahora voy recordando. Los dos rectángulos que se tocaban y se alejaban, se superponían y se desplazaban.
Dos días después me crucé por primera vez con Beatriz Elena Viterbo. Fue el primero de septiembre. Yo había salido a caminar mientras la señora hacía la limpieza. Nunca pude trabajar mientras limpian la casa. Siento como si me estuvieran barriendo, como si me metieran en la bolsa de residuos y me dejaran en el quemador. Era antes del mediodía y yo pensaba si en Siluetas no me rechazarían el cuento. En la calle había sol. Ellos siempre me decían lo mismo: "Cuentos lineales. Nada de complicaciones. Piense en las lectoras".
Caminé hasta Bolívar. Trescientos veinticinco dólares era una hermosa cifra. Doblé en Belgrano. "La lectora de Romance quiere cosas románticas, simples. Nada de intelectualizar. Ser directo." Al llegar a Perú miré las dos torres del edificio de los atlantes. Doblé en Salta, seguí por Libertad y llegué a la plaza Lavalle. Crucé, di muchísimas vueltas alrededor de la fuente y después me senté en un banco, y pensando, me puse a mirar el magnolio. Y mientras pensaba, apareció Beatriz Elena Viterbo. Llevaba una especie de tapado o de impermeable gris y miraba hacia adelante. Apretado contra el impermeable, en la mano enguantada sostenía algo envuelto. Era un envoltorio chato, rectangular. Me levanté del banco. No la había visto. Caminé, crucé la calle y casi en la esquina de Libertad y Córdoba, en la puerta de la pinturería Leidi, estaba parada Beatriz Elena Viterbo. Pasé a su lado rozando casi su mano enguantada, pensando. Pensaba en lo que me iban a decir en Siluetas. "Nada de complicaciones. Una historia de amor, simple y que se entienda. Puede haber encuentros, desencuentros, pero en el final todo tiene que resolverse. Nada de intelectualizar la cosa." Pensaba en la estructura del cuento, pensaba en los rectángulos del sueño: dos rectángulos tocándose y alejándose, el desencuentro; dos rectángulos que se superponen hasta formar un solo rectángulo podrían ser el encuentro como ese rectángulo envuelto en papel madera verde, sostenido por una mano enguantada que casi me había tocado. Beatriz Elena Viterbo cruzó y yo seguí caminando pensando que en el cuento iba a haber un hombre y una mujer que están por encontrarse, que se van a cruzar tres veces más, todavía.
Bastante después, volví a cruzarme con ella. Fue en la calle Florida, al seiscientos, el veintidós de septiembre. Yo salía de la librería Atlántida con un libro recién comprado. Suelo ser distraído y me había quedado parado, mirando el libro envuelto, pensando en un hombre solo que ya perdió la cuenta de los cuentos que escribió para la revista Romance de la prestigiosa Editorial Siluetas. Ese hombre solo era yo. Y además pensé que ya había perdido la cuenta de les seudónimos que usé, de las situaciones de encuentro y desencuentro que escribí. "Cada día se están volviendo más exigentes. O es que a lo mejor se me acabó la cuerda." Miré el libro. "Es un rectángulo", pensé cuando vi una mano enguantada de mujer que sostenía otro rectángulo. Era sábado, eran cerca de las once de la mañana. La calle Florida estaba llena de gente. La mano de la mujer sostenía un paquete flexible envuelto en un papel malva muy claro. Alrededor del paquete, que no tenía consistencia, vi el estampado de la tela de un vestido violeta cuando sentí que detrás de mí alguien gritaba mi nombre. En realidad gritaban mi apellido. Me di vuelta. Era el empleado de la librería Atlántida, el que me había vendido el libro. Y mientras Beatriz Elena Viterbo con treinta hojas de papel Ingres bajo el brazo se perdía entre la gente, yo sonreía al empleado que me sonreía, que me entregaba la boleta y el vuelto que me había olvidado en la caja.
La tercera vez fue en el Tortoni. La señora ya había limpiado el estudio y yo no tenía ningún pretexto para no escribir. Sin embargo, me puse a mirar por la ventana. Desde mi ventana, desde el tercer piso de la casa, se alcanza a ver el cielo. Se ve el cielo y yo, cada vez que me siento angustiado, miro por la ventana. Miro los altos minaretes que parecen de mezquita, las dos estilizadas torres del edificio de los atlantes que está en Perú y Belgrano. Son de un verde inconcebible, un verde de cobalto, de cobre oxidado, de intemperie. Son dos torres con algo muy curioso, porque mucho más raras que la forma bizantina, que las dos insólitas banderas de metal calado, que la filigrana de misterio, son las dos coronas. La corona de un rey y la corona de una reina que rematan en la punta de las dos torres.
Esa mañana, el veintinueve de septiembre, prácticamente al mes de haber empezado a escribir el cuento, yo miraba las torres contra el cielo. Pensaba en el rey, en la reina, en un hombre, en una mujer, en los dos rectángulos. ¿Cuántos cuentos había escrito con hombres y mujeres solos? De pronto sentí que algo me tocaba la memoria. Me aparté de la ventana. Le dije a la señora que enseguida volvía. Salí a la calle y no supe qué hacer. Doblé en Bolívar y seguí hasta Avenida de Mayo. Pensaba en mi teoría de los dos rectángulos. "No hay un solo hombre en el mundo, no hay una sola mujer en el mundo que alguna vez en su vida no haya pensado en encontrarse con alguien que cambiará su destino. Un encuentro en el cruce exacto de sus dos vidas."
También pensé en Borges y en Beatriz Elena Viterbo, en los desesperados y en los que recuerdan. Y entré en el Tortoni. Beatriz Elena Viterbo estaba allí, acodada en una mesa de mármol, sola, de espaldas, el mentón apoyado en una mano enguantada. Después, bastante después, supe que se había quedado mirando fijamente el capitel de escayola en la columna pintada. Iba a tomar un café, pero tenía que terminar el cuento. La señora había terminado con el estudio, no tenía ningún pretexto. Me volví.
La cuarta vez fue la última. Tres días después, el dos de octubre, a la tarde. Me crucé con Beatriz Elena Viterbo en Viamonte al cuatrocientos, frente a la galería Nexo. Beatriz Elena Viterbo bajaba de un taxi. Dos dibujos enmarcados que manipulaba con dificultad la tapaban casi por completo. Yo venía por Reconquista. Vi la puerta abierta de un coche, vi la parte de atrás de los marcos, vi dos rectángulos que trataban de juntarse con la mano de una mujer. Una mano larga, fina y enguantada. Me corrí evitando la puerta del taxi. Después Beatriz Elena Viterbo entró en la galería Nexo cuando yo ya había pasado.
El tres de octubre el cuento estaba llegando al final y yo, poco a poco, iba comprendiendo. Dos rectángulos se van superponiendo hasta formar uno solo. Pero eso podía durar o no durar. Alguno de los dos rectángulos podía desplazarse hacia arriba, hacia abajo, hacia cualquier costado y ya está, se terminó. Comprendí que eso era lo que me había pasado siempre: no duró. Entonces dejé de escribir. Me levanté y miré por la ventana. Las dos torres parecían más lejanas. El cielo estaba húmedo, entrecruzado de cables, antenas y palomas y algo brumoso seguía detrás de las torres. Sentí dolor.
El cuatro de octubre el cuento estaba llegando al final. El final de un cuento es decisivo. La historia puede terminar o no. Ahora él puede encontrarse con una mujer inventada, sacada de un libro o no. Puede ser que ese nombre imaginado y esa mujer imaginada existan. La mujer ha dibujado el sueño que él soñó. En el dibujo hay un hombre de espaldas. Cuatro veces se ha cruzado el hombre con la mujer. Tres veces no vio más que rectángulos y una vez la vio de espaldas. Ahora no volverán a encontrarse. O sí.
Puse a calentar el café y el café se derramó. La señora se enoja conmigo por eso. Dice que tengo que tener más cuidado. Me sirvo un café retinto y lo llevo al estudio. Lo dejo al lado de la máquina de escribir. Tengo que encontrar el final. Vuelvo a mirar por la ventana.
El cinco de octubre a las seis de la tarde todavía no había encontrado el final. Suelo ser obsesivo, pero el final no salía.
Las seis de la tarde es una hora que siempre me perturbó. Quise hacer café, pero era inútil. Me puse el saco y salí. Caminé lentamente hasta Bolívar. Doblé por Belgrano. Llegué hasta Perú. Crucé la calle y me quedé mirando el edificio de los atlantes. Visto de abajo era una mole gris y los atlantes se venían encima. "Hay que alejarse para apreciar la perspectiva. Como todas las cosas", pensé y di la vuelta. "Hay que volver a casa", me dije, "hay que encontrar el final". Pero sin saber por qué, doblé en Bolívar, seguí de largo. Llegué hasta Defensa y giré la cabeza. Entonces sí pude ver las torres. Después doblé, caminando muy despacio, como sabiendo. Llegué hasta Reconquista, llegué hasta Viamonte y seguí hasta la galería Nexo. A través de los cristales, entre mujeres vestidas de largo, hombres que sonreían, mozos con bandejas, alcancé a ver cinco, mejor dicho seis dibujos enmarcados colgando de las paredes. Entré.
Me deslicé entre paredes atravesadas por ángeles y hojas de tabaco, un gentilhombre rodeado de gansos, tres variaciones de mascarones de proa en distintos mares, una mujer volando entre ropa tendida, una procesión de gatos y en la pared de enfrente lo vi. Vi catorce cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes, una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos y el fuego saliendo de dos de las tres ventanas con visillos de encaje y yo, de espaldas, con el traje gris, perdiéndome en una calle extraña, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.


Isidoro Blaisten
En Carroza y reina, Emecé, Buenos Aires (1986)
Luego publicado en La Nación, domingo 24 de marzo de 2002
Retrato de Isidoro Blaisten, en la portada de Cuentos Anteriores (1982)