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sábado, 18 de junio de 2016

Manuel Mujica Láinez: El vagamundo, 1839







Llegó a Buenos Aires hace cuatro días, sólo cuatro días, y siente que no podrá quedar aquí mucho tiempo. El amor, su viejo enemigo, le acecha, le ronda, le olfatea, como un animal que se esconde pero cuya presencia adivina alrededor, con uñas, con ojos ardientes. Por alguna parte de la pulpería se despereza ahora ese amor que enciende sus llamas secretas y que le obligará a partir. Su vida monstruosa ha sido eso: partir, partir en cuanto el amor alumbra. Y el amor alumbra todas las veces, en todas partes, en todas las épocas. ¡Ay, si la falta fue grave, también es terrible el castigo! Llegar y partir, llegar y partir; con la eterna, la infinita zozobra frente a ese amor que, eludido, torna a formarse y a crecer, a modo de una enredadera que llena el aire de látigos y le impulsa a andar, a andar de nuevo, a andar…

  Y así siempre, siempre, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Hungría, en Polonia, en España, en Moscovia, en Suecia, en Dinamarca; en Oriente y en Occidente; aquí y allá, aquí y allá, siempre, siempre. Siempre con sus trajes flotantes, con sus ojos pálidos, con sus barbas finas, con sus duras manos viriles. Andando, andando… Y ahora, en Buenos Aires. ¿Qué más da? También tenía que venir aquí, e irá a Chile y al Perú y a México y a donde sea, andando, andando… ¡Ojalá el amor consiguiera sofocarle por fin, para que muriera! Pero no; él no muere. No murió en Vicenza, hace tanto tiempo, cuando le encarcelaron por espía y resolvieron ahorcarle; hasta las sogas más gruesas se rompieron y el «capitano», absorto ante la maravilla, ordenó que le dejaran ir. Ir, ir… Eso era, precisamente, lo único que él no quería, mas no hubo nada que hacer. Y de nuevo a andar, a andar…

  El rumor de la fiesta entra por la ventana de la pulpería, y el hombre que jamás sonríe no lo escucha. Escucha con los oídos de su corazón a ese amor que madura en alguna parte, cerca, muy cerca, detrás del flaco tabique que aísla su cuarto de viajero. Tanto ha caminado, que confunde las regiones, los años y los episodios; pero al amor no lo confunde porque el amor es el enemigo y siempre debe estar pronto a enfrentarlo, a prevenirlo, a rechazarlo, y sus sentidos se han aguzado sutilmente, horriblemente, para percibir su presencia en seguida. Lo demás… lo demás ¿qué le importa? En Venecia, en Nápoles, en Sicilia, cantan su historia extraña o la refieren; con ella compusieron los ingleses una balada, y los flamencos otra, que es como una queja dulce. Los imagineros populares pregonan su efigie y le dan nombres distintos. A veces las gentes le han acosado como a un perro rabioso, y a veces le agasajaron y pidieron su consejo. En Alemania, el populacho cristiano invadió en más de una ocasión los barrios judíos, gritando que le tenían allí oculto y que le quemarían en el mercado; y en Florencia la multitud colmó la plaza de los Alberti para verle, tocarle y acompañarle entre hachones deslumbrantes hasta la Señoría, donde le acogieron como a un huésped ilustre. Y en España le llamaron Juan Espera-en-Dios, y en Siena… en Siena tuvo que resolver si el cuadro en el cual Andrea Vanni representó a Cristo agobiado bajo la cruz estaba parecido, si Cristo era en verdad así… Pero de eso hace mucho tiempo… centurias… Su vida se mide por centurias…

  El rumor de la fiesta invade su aposento. El cortejo estará llegando. El hombre se pone a la ventana y observa, en frente, la iglesia de Monserrat adornada con ramos de olivo y con banderas. Repican las campanas. Golpean los tambores de los negros. El carro triunfal rueda por el medio de la calle. La muchedumbre lo rodea entre cánticos y vivas.

  A su espalda la puerta se abrió y entra la sobrina del pulpero. Sin volverse, el hombre siente que el amor está ahí, flotando, que todavía no se define y titubea, pero que ya está ahí y ya empieza a mostrar las uñas y los colmillos.

—Mi tío manda decir a su mercé que si no quiere bajar al zaguán, que asistirá mejor a la fiesta.

  El hombre recoge su atado, la alforja que tiene perpetuamente lista, y la sigue. Sabe que pronto deberá partir.

  En el zaguán aplástase la gente. El olor de los asados que crepitan detrás de la iglesia se mezcla al perfume de las magnolias. Hay quienes se han puesto de rodillas. Afuera, brilla el rojo. Todo es rojo en la parroquia de Monserrat, esta mañana de fiesta: las colgaduras, los cintajos, los abanicos, las testeras y coleras de los caballos, los chiripás que ondulan en la brisa. Las flores y el hinojo alfombran las calles. Ilumínanse los vidrios de las casas con las luces internas y se recortan, pegados en las ventanas, los versos que elogian al Restaurador, a Rosas el Grande. Y el Restaurador avanza de pie, en la majestad del lienzo enorme pintado quizás por García del Molino. Triunfa en el carro lento, tapizado de seda escarlata, que los clérigos, los militares y los magistrados empujan hacia la iglesia de Monserrat, como si condujeran en alto, sobre las ruedas pesadas, una hoguera.

  El hombre de barba fina y ojos pálidos mira el desfile sin verlo. Otros muchos desfiles ha visto en su vida andariega. Ha visto la entrada de los podestás orgullosos, en las ciudades del Renacimiento, bajo arcos esculpidos por los artistas admirables; ha visto a los emperadores, al frente de los cortejos heroicos, las coronas ciñéndoles los cascos de hierro, al viento los estandartes, y alrededor los siervos humillados en la nieve. Ha visto… ¿qué no ha visto él, que conoce todos los idiomas y todos los dialectos, que habla el toscano y el bergamasco y la lengua de Sicilia y las jerigonzas indostanas y las tablas chirriantes del Asia Menor?

  Mira el desfile sin verlo. Otra comitiva pasa ahora ante la inmensa lasitud de sus ojos. ¿Siempre tendrá que verla, Dios de Moisés y de Elías? ¿Siempre se renovará la escena de su maldición?

  Él era zapatero, en Jerusalén. Cuando el que arrastraba la cruz se detuvo ante su puerta, y se apoyó en ella un instante, para recobrar las fuerzas, él le dijo ásperamente:

  —Ve, sigue, sigue tu camino.

  Y Jesús le respondió, escrutándole con los ojos húmedos:

  —Yo descansaré, pero tú caminarás hasta que regrese a juzgar a los mortales.

  Y el Señor continuó su marcha. Venía de lejos, del lithostrotos de Poncio Pilato, de la casa de Anás, de la casa de Caifás, y trepó la cuesta del Gólgota, cayendo y levantándose, entre el cortinaje de picas y el llanto de las mujeres piadosas. Su huella era púrpura.

  El hombre baja los párpados. Los alza una vez más y nota que el carro de triunfo se para delante de la iglesia de Monserrat y que descienden con pompa el retrato del dictador rubio en cuyo uniforme ciega el oro de los laureles.

  ¡Ay, a aquel otro, al que sudaba sangre, no le llevaban en un carro de gloria! Los pretorianos se mofaban de él y los caballos de arneses escandalosos manchaban sus vestiduras con el lodo que arrojaban al pasar al galope.

  —Yo descansaré, pero tú caminarás…

  Ya lo siente. El amor, su enemigo, está aquí. La sobrina del pulpero le roza el brazo y él siente el contacto como una quemadura cruel. Es el amor: el deseo antiguo como el mundo; el hambre que devora y enriquece; el hambre de los cuerpos y las almas; el hambre… El peregrino aprieta los labios para no pronunciar las palabras que debe decir cada vez, pero las palabras le horadan los labios y escapan, monótonas, como siempre:

  —Ve, sigue, sigue tu camino.

  La muchacha le contempla asombrada. ¡Sería tan hermoso quedarse junto a ella, hundir la cabeza en la frescura de su regazo, y reposar! Pero no. El amor es el signo, la orden de marcha. Hasta el fondo de los tiempos le perseguirá, irónico, vengándose sin alivio de quien odió porque sí, por odiar, sólo por odiar.

  El judío errante se echa la alforja a la espalda y se aleja.





Manuel Mujica Láinez
En Misteriosa Buenos Aires (1950)
Retrato de Manuel Mujica Láinez
Foto ©Aldo Sessa, 1980
Portada de Misteriosa Buenos Aires

martes, 7 de junio de 2016

Silvina Ocampo: Informe del Cielo y del Infierno






  A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

  Si el viento ruge, para ti, como un tigre y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de hiena, si el hombre acicalado que cruza por la calle, está vestido de andrajos lascivos; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño descascarado y furioso: tus ojos, y no Dios, los creó así.

  Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, un poco en este mundo y un poco en cualquier otro, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones; haciéndote creer que eres todavía niño, te sentarán en una silla de manos llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas por aquellos corredores al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

  Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.



Silvina Ocampo
En Cuentos Completos I (1999)
Primera publicación en La furia y otros cuentos (1959)
Posteriormente incluido por Borges y Bioy Casares
En Libro del Cielo y del Infierno (1960)
Retrato de Silvina Ocampo en Mar del Plata
Fotografía de acervo familiar
Al pie: portada de la publicación

martes, 31 de mayo de 2016

Ítalo Calvino: La perfección de las máquinas crueles







  Aquel día debía tener lugar un proceso contra unos bandoleros arrestados el día anterior por los esbirros del castillo. Los bandoleros eran gente de nuestro territorio y por lo tanto era el vizconde quien debía juzgarlos. Se hizo el juicio y Medardo se sentaba en el sillón encorvado y se mordía una uña. Vinieron los bandoleros encadenados: el cabecilla de la banda era aquel chico llamado Fiorfiero que había sido el primero en ver la litera mientras pisaba la uva. Vino la parte ofendida y eran unos caballeros toscanos que, dirigiéndose a Provenza, atravesaban nuestros bosques cuando Fiorfiero y su banda les asaltaron y robaron. Fiorfiero se defendió diciendo que aquellos caballeros habían venido furtivamente a nuestras tierras, y que él les había dado el alto y desarmado creyéndoles precisamente cazadores furtivos, en vista de que no lo hacían los esbirros. Hay que decir que por aquellos años los asaltos de bandoleros eran una actividad muy difundida, por lo que la ley era clemente. Aparte de que nuestra región era particularmente adecuada para el bandolerismo, de modo que incluso algún miembro de nuestra familia, sobre todo en tiempos revueltos, se unía a los bandoleros. De la caza furtiva ya no hablo, era el delito más leve que se pudiera imaginar.

  Pero los temores de la nodriza Sebastiana estaban fundados. Medardo condenó a Fiorfiero y a toda su banda a morir ahorcados, como reos de rapiña. Pero como los robados eran a su vez reos de caza furtiva, también condenó a éstos a morir en la horca. Y para castigar a los esbirros, que habían intervenido demasiado tarde, y no habían sabido prevenir ni las fechorías de los cazadores furtivos ni las de los bandoleros, también para ellos decretó la muerte en la horca.

 En total eran una veintena de personas. Esta cruel sentencia produjo consternación y dolor en todos nosotros, no tanto por los gentileshombres toscanos que nadie había visto hasta entonces, como por los bandoleros y los esbirros que eran por lo general estimados. A Maese Pietrochiodo, albardero y carpintero, se le encargó construir la horca: era un trabajador serio e inteligente, que ponía interés en su trabajo. Con gran dolor, porque dos de los condenados eran parientes suyos, construyó una horca ramificada como un árbol, cuyas sogas subían todas al mismo tiempo maniobradas por un solo árgano; era una máquina tan grande e ingeniosa que se podía ahorcar con ella de una sola vez incluso a más gente de la condenada, de modo que el vizconde aprovechó para colgar diez gatos alternados cada dos reos. Los cadáveres rígidos y la carroña de gato se bambolearon durante tres días, y al principio nadie se atrevía a mirarlos. Pero pronto nos dimos cuenta del aspecto imponente que ofrecían, y también la cabeza se nos iba en disparatados pensamientos, de tal forma que incluso nos desagradó decidirnos a descolgarlos y a deshacer la gran máquina.

[...]

   Por la mañana yo iba a menudo al taller de Pietrochiodo a ver las máquinas que el ingenioso maestro estaba construyendo. El carpintero vivía con angustias y remordimientos cada vez mayores, desde que el Bueno venía a verle por la noche y le reprochaba el triste fin de sus inventos, y le instigaba a construir mecanismos puestos en marcha por la bondad y no por la sed de crueldades.

 —Pero así, ¿qué máquina debo construir, Maese Medardo? —preguntaba Pietrochiodo.

 —Ahora te lo explico: podrías por ejemplo… —y el Bueno empezaba a describirle la máquina que le habría encargado él, de haber sido el vizconde en lugar de su otra mitad, y se ayudaba en la explicación trazando confusos dibujos.

  A Pietrochiodo primero le pareció que esta máquina debía de ser un órgano, un gigantesco órgano cuyas teclas hicieran brotar música dulcísima, y ya se disponía a buscar la madera adecuada para los tubos, cuando de otra conversación con el Bueno volvió con las ideas más confusas, porque parecía que quería hacer pasar por los tubos harina en lugar de aire. En fin, tenía que ser un órgano, pero también un molino, que moliera para los pobres, y también, posiblemente, un horno para hacer las tortas. El Bueno cada día perfeccionaba más su idea y emborronaba con dibujos papeles y papeles, pero Pietrochiodo no conseguía seguirle; porque este órgano-molino-horno también tenía que sacar el agua de los pozos ahorrándoles fatiga a los asnos, y desplazarse sobre ruedas para contentar a los distintos pueblos, y aun en días de fiesta suspenderse en el aire y atrapar, con redes alrededor, mariposas.

  Y al carpintero le venía el pensamiento de que construir máquinas buenas estaba más allá de las posibilidades humanas, mientras que las únicas que realmente podían funcionar en la práctica y con exactitud eran los patíbulos y las de aplicar tormentos. Y en efecto, apenas el Amargado le exponía a Pietrochiodo la idea de un nuevo mecanismo, enseguida se le ocurría al maestro el modo de realizarlo y ponía manos a la obra, y cada detalle les parecía insustituible y perfecto, y el instrumento acabado una obra maestra de técnica e ingenio.

  El maestro se angustiaba:

  —¿Estará quizá en mi ánimo esta maldad que me hace acertar sólo en las máquinas crueles?

  Pero mientras tanto seguía inventando, con celo y habilidad, otros tormentos.

  Un día le vi trabajar con un extraño patíbulo, en el que una horca blanca enmarcaba una pared de madera negra, y la cuerda, también blanca, corría a través de dos agujeros en la pared, en el punto del nudo corredizo.

  —¿Esta máquina qué es, maestro? —le pregunté.

  —Una horca para ahorcar de perfil —dijo.

  —¿Y para quién la habéis construido?

  —Para un solo hombre que condena y es condenado. Con media cabeza se condena a sí mismo a la pena capital, y con la otra mitad entra en el nudo corredizo y exhala el último suspiro. Me gustaría que se confundiera entre las dos.


Ítalo Calvino
En El vizconde demediado (1952)
Versión castellana de Francesc Miravitlles 
Ítalo Calvino apoyado en una ventana
Torino, 17 de junio 1954, cuando era jefe de redacción de Einaudi


domingo, 22 de mayo de 2016

Raúl Gustavo Aguirre: Por último






Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado. Haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.



Raúl Gustavo Aguirre
En Señales de vida (1962)
Foto: Raúl Gustavo Aguirre, Elizabeth Azcona Cranwell y Alejandra Pizarnik
En Alejandra Pizarnik. Una biografía de Cristina Piña

sábado, 14 de mayo de 2016

Isidoro Blaisten: Beatriz querida






"-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, 
Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges." 
Jorge Luis Borges, El Aleph


Tengo que escribir un cuento. Me van a pagar trescientos veinticinco dólares. Tengo un mes para escribirlo, mejor dicho, treinta y cuatro días a partir de hoy, y tengo que respetar las leyes del juego. Las leyes del juego de la Editorial Siluetas en lo que respecta a su semanario Romance son las siguientes: sexo, poco y lo imprescindible; si hay adulterio, ella o él, según el caso, tienen que volver al redil. Final feliz. Nada de malas palabras, nada de conflictos sociales, nada.
Trescientos veinticinco dólares es una cifra. Es casi medio año de alquiler, es el sueldo anual de la señora que viene a limpiar la casa, es todo lo que puedo consumir de café durante el año.Hoy es veintinueve de agosto. Miro la máquina de escribir. Me levanto y miro por la ventana. Me vuelvo a sentar. No se me ocurre nada. Miro la biblioteca. Siempre hago lo mismo. Me levanto y voy hacia la biblioteca. Saco las Obras Completas de Borges. Voy dando vuelta las páginas, mientras pienso que en Siluetas no les gusta que cite a Borges. Me han dicho que es demasiado intelectual. Con el marcador rojo acabo de subrayar esto en la página 624: "Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges".
No sé por qué subrayo esto, pero la mujer se va a llamar así: Beatriz Elena Viterbo. Hasta aquí vamos bien. Ahora la historia. Para evitar conflictos de adulterio lo mejor es contar la historia de un hombre y una mujer que están solos. Perfecto. Ahora supongamos que el hombre ha tenido un extraño sueño. El cuento empieza así, el hombre ha soñado con algo y recién en el final del cuento el hombre va a saber el significado del sueño. No va a saber que Beatriz Elena Viterbo existe y que en treinta y tres días se va a cruzar con ella cuatro veces.
Me levanté. Fui hasta la ventana. Las dos sombras de las torres del edificio de los atlantes se veían apenas en el cielo nublado. Volví al escritorio. Puse a un lado el marcador rojo, corrí el señalador de seda, cerré el libro y me fui a dormir. Entonces tuve el sueño. Pero lo que yo no supe, lo que yo no sabía, era que en ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo estaba dibujando el sueño que yo estaba soñando. En el sueño había cigüeñas. Muchas. Después iba a saber cuántas.
Había muchas cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes y una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos. Había una casa de pizarras antiguas. Una casa que después yo iba a conocer. La casa se incendiaba. Y el fuego que salía de dos de las tres ventanas con visillos de encaje, las cigüeñas, los lotos y los crisantemos eran un dibujo. Perfecto, cruel, luminoso. Hasta que soñé con los rectángulos. El cinco de octubre a las siete de la tarde iba a saber que en el dibujo había un hombre. Pero yo no lo había soñado.
Al día siguiente me senté a escribir. Eran las diez de la mañana. Mientras copiaba la frase de Borges, traté desesperadamente de recordar el sueño. Lo recordé todo. Menos los dos rectángulos que se superponían.
En ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo dibujaba al hombre. El hombre que en el sueño yo no había soñado. El hombre estaba en un ángulo del dibujo, arriba, al costado de las cigüeñas. Estaba de espaldas y se perdía en una extraña calle, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.
Con la espalda encorvada sobre la enorme mesa de sastre, el guardapolvo gris moteado de óleo imborrable y aureolas de trementina, Beatriz Elena Viterbo dibuja a la luz rasante de la lámpara. Haciendo girar el lápiz entre los dedos, recorre morosamente, minuciosamente, cada poro, cada espacio imperceptible del papel. De pronto en la espalda del hombre hay algo que no debe estar. Una puerta abierta por el viento, una puerta mal cerrada, el viento que se equivocó. Entonces, empecinados y dúctiles, los dedos de Beatriz Elena Viterbo aprietan el lápiz y el grafito va cubriendo la espalda del hombre y en la superficie blanca van surgiendo las zonas del negro, los grises espaciados, las luminosidades restallantes.
Mientras tanto yo escribo. Ya escribí la frase del comienzo, ya introduje la frase de Borges, ya conté la historia, ya conté el sueño, ya llegué al final de la hoja. Tengo que ponerle el título. Hago girar el carro de la máquina. Voy a ponerle el título antes del comienzo. Beatriz, no. Beatriz Elena Viterbo, no. Beatriz querida, sí.
Escribo Beatriz querida y ahora trato de recordar qué mujer que yo he conocido se llamaba Beatriz, sin saber que durante treinta y tres días me voy a encontrar cuatro veces con Beatriz Elena Viterbo. Y mientras Beatriz Elena Viterbo deja el lápiz sobre la enorme mesa de sastre, aparta el tablero, corre la silla hacia atrás y recorre con la vista cansada las paredes del taller, la reproducción de Modigliani, los trabajos enmarcados, dados vuelta, en el piso, apoyados contra la pared, el jarroncito de terracota donde están los lápices, yo la describo. La describo así: "Beatriz Elena Viterbo tenía las manos largas, los dedos largos, la mirada altiva. Tenía los ojos atentos y la pupila grande, de un azul definitivo. A veces cuando Beatriz Elena Viterbo apartaba el tablero se quedaba mirando por la ventara. Miraba la casa de enfrente. Es una casa extraña. El techo es de pizarras antiguas, en el tercer piso el ático permanece en la oscuridad. Se ven tres ventanas con visillos de encaje".
De dos de esas tres ventanas ahora está saliendo el fuego. Beatriz Elena Viterbo ya ha vuelto a encender la lámpara, ha vuelto a apoyar el tablero sobre la enorme mesa de sastre y va velando con el lápiz la base de amarillo, cambia el lápiz y cubre de bermellón, después el escarlata, el carmesí hasta que de pronto estalla. El fuego se expande en el papel Ingres, mientras yo voy escribiendo, pensando en los rectángulos, esos dos rectángulos del sueño que ahora voy recordando. Los dos rectángulos que se tocaban y se alejaban, se superponían y se desplazaban.
Dos días después me crucé por primera vez con Beatriz Elena Viterbo. Fue el primero de septiembre. Yo había salido a caminar mientras la señora hacía la limpieza. Nunca pude trabajar mientras limpian la casa. Siento como si me estuvieran barriendo, como si me metieran en la bolsa de residuos y me dejaran en el quemador.Era antes del mediodía y yo pensaba si en Siluetas no me rechazarían el cuento. En la calle había sol. Ellos siempre me decían lo mismo: "Cuentos lineales. Nada de complicaciones. Piense en las lectoras".
Caminé hasta Bolívar. Trescientos veinticinco dólares era una hermosa cifra. Doblé en Belgrano. "La lectora de Romance quiere cosas románticas, simples. Nada de intelectualizar. Ser directo." Al llegar a Perú miré las dos torres del edificio de los atlantes. Doblé en Salta, seguí por Libertad y llegué a la plaza Lavalle. Crucé, di muchísimas vueltas alrededor de la fuente y después me senté en un banco, y pensando, me puse a mirar el magnolio. Y mientras pensaba, apareció Beatriz Elena Viterbo. Llevaba una especie de tapado o de impermeable gris y miraba hacia adelante. Apretado contra el impermeable, en la mano enguantada sostenía algo envuelto. Era un envoltorio chato, rectangular. Me levanté del banco. No la había visto. Caminé, crucé la calle y casi en la esquina de Libertad y Córdoba, en la puerta de la pinturería Leidi, estaba parada Beatriz Elena Viterbo. Pasé a su lado rozando casi su mano enguantada, pensando. Pensaba en lo que me iban a decir en Siluetas. "Nada de complicaciones. Una historia de amor, simple y que se entienda. Puede haber encuentros, desencuentros, pero en el final todo tiene que resolverse. Nada de intelectualizar la cosa." Pensaba en la estructura del cuento, pensaba en los rectángulos del sueño: dos rectángulos tocándose y alejándose, el desencuentro; dos rectángulos que se superponen hasta formar un solo rectángulo podrían ser el encuentro como ese rectángulo envuelto en papel madera verde, sostenido por una mano enguantada que casi me había tocado. Beatriz Elena Viterbo cruzó y yo seguí caminando pensando que en el cuento iba a haber un hombre y una mujer que están por encontrarse, que se van a cruzar tres veces más, todavía.
Bastante después, volví a cruzarme con ella. Fue en la calle Florida, al seiscientos, el veintidós de septiembre. Yo salía de la librería Atlántida con un libro recién comprado. Suelo ser distraído y me había quedado parado, mirando el libro envuelto, pensando en un hombre solo que ya perdió la cuenta de los cuentos que escribió para la revista Romance de la prestigiosa Editorial Siluetas. Ese hombre solo era yo. Y además pensé que ya había perdido la cuenta de les seudónimos que usé, de las situaciones de encuentro y desencuentro que escribí. "Cada día se están volviendo más exigentes. O es que a lo mejor se me acabó la cuerda." Miré el libro. "Es un rectángulo", pensé cuando vi una mano enguantada de mujer que sostenía otro rectángulo. Era sábado, eran cerca de las once de la mañana. La calle Florida estaba llena de gente. La mano de la mujer sostenía un paquete flexible envuelto en un papel malva muy claro. Alrededor del paquete, que no tenía consistencia, vi el estampado de la tela de un vestido violeta cuando sentí que detrás de mí alguien gritaba mi nombre. En realidad gritaban mi apellido. Me di vuelta. Era el empleado de la librería Atlántida, el que me había vendido el libro. Y mientras Beatriz Elena Viterbo con treinta hojas de papel Ingres bajo el brazo se perdía entre la gente, yo sonreía al empleado que me sonreía, que me entregaba la boleta y el vuelto que me había olvidado en la caja.
La tercera vez fue en el Tortoni. La señora ya había limpiado el estudio y yo no tenía ningún pretexto para no escribir. Sin embargo, me puse a mirar por la ventana. Desde mi ventana, desde el tercer piso de la casa, se alcanza a ver el cielo. Se ve el cielo y yo, cada vez que me siento angustiado, miro por la ventana. Miro los altos minaretes que parecen de mezquita, las dos estilizadas torres del edificio de los atlantes que está en Perú y Belgrano. Son de un verde inconcebible, un verde de cobalto, de cobre oxidado, de intemperie. Son dos torres con algo muy curioso, porque mucho más raras que la forma bizantina, que las dos insólitas banderas de metal calado, que la filigrana de misterio, son las dos coronas. La corona de un rey y la corona de una reina que rematan en la punta de las dos torres.
Esa mañana, el veintinueve de septiembre, prácticamente al mes de haber empezado a escribir el cuento, yo miraba las torres contra el cielo. Pensaba en el rey, en la reina, en un hombre, en una mujer, en los dos rectángulos. ¿Cuántos cuentos había escrito con hombres y mujeres solos? De pronto sentí que algo me tocaba la memoria. Me aparté de la ventana. Le dije a la señora que enseguida volvía. Salí a la calle y no supe qué hacer. Doblé en Bolívar y seguí hasta Avenida de Mayo. Pensaba en mi teoría de los dos rectángulos. "No hay un solo hombre en el mundo, no hay una sola mujer en el mundo que alguna vez en su vida no haya pensado en encontrarse con alguien que cambiará su destino. Un encuentro en el cruce exacto de sus dos vidas."
También pensé en Borges y en Beatriz Elena Viterbo, en los desesperados y en los que recuerdan. Y entré en el Tortoni. Beatriz Elena Viterbo estaba allí, acodada en una mesa de mármol, sola, de espaldas, el mentón apoyado en una mano enguantada. Después, bastante después, supe que se había quedado mirando fijamente el capitel de escayola en la columna pintada. Iba a tomar un café, pero tenía que terminar el cuento. La señora había terminado con el estudio, no tenía ningún pretexto. Me volví.
La cuarta vez fue la última. Tres días después, el dos de octubre, a la tarde. Me crucé con Beatriz Elena Viterbo en Viamonte al cuatrocientos, frente a la galería Nexo. Beatriz Elena Viterbo bajaba de un taxi. Dos dibujos enmarcados que manipulaba con dificultad la tapaban casi por completo. Yo venía por Reconquista. Vi la puerta abierta de un coche, vi la parte de atrás de los marcos, vi dos rectángulos que trataban de juntarse con la mano de una mujer. Una mano larga, fina y enguantada. Me corrí evitando la puerta del taxi. Después Beatriz Elena Viterbo entró en la galería Nexo cuando yo ya había pasado.
El tres de octubre el cuento estaba llegando al final y yo, poco a poco, iba comprendiendo. Dos rectángulos se van superponiendo hasta formar uno solo. Pero eso podía durar o no durar. Alguno de los dos rectángulos podía desplazarse hacia arriba, hacia abajo, hacia cualquier costado y ya está, se terminó. Comprendí que eso era lo que me había pasado siempre: no duró. Entonces dejé de escribir. Me levanté y miré por la ventana. Las dos torres parecían más lejanas. El cielo estaba húmedo, entrecruzado de cables, antenas y palomas y algo brumoso seguía detrás de las torres. Sentí dolor.
El cuatro de octubre el cuento estaba llegando al final. El final de un cuento es decisivo. La historia puede terminar o no. Ahora él puede encontrarse con una mujer inventada, sacada de un libro o no. Puede ser que ese nombre imaginado y esa mujer imaginada existan. La mujer ha dibujado el sueño que él soñó. En el dibujo hay un hombre de espaldas. Cuatro veces se ha cruzado el hombre con la mujer. Tres veces no vio más que rectángulos y una vez la vio de espaldas. Ahora no volverán a encontrarse. O sí.
Puse a calentar el café y el café se derramó. La señora se enoja conmigo por eso. Dice que tengo que tener más cuidado. Me sirvo un café retinto y lo llevo al estudio. Lo dejo al lado de la máquina de escribir. Tengo que encontrar el final. Vuelvo a mirar por la ventana.
El cinco de octubre a las seis de la tarde todavía no había encontrado el final. Suelo ser obsesivo, pero el final no salía.
Las seis de la tarde es una hora que siempre me perturbó. Quise hacer café, pero era inútil. Me puse el saco y salí. Caminé lentamente hasta Bolívar. Doblé por Belgrano. Llegué hasta Perú. Crucé la calle y me quedé mirando el edificio de los atlantes. Visto de abajo era una mole gris y los atlantes se venían encima. "Hay que alejarse para apreciar la perspectiva. Como todas las cosas", pensé y di la vuelta. "Hay que volver a casa", me dije, "hay que encontrar el final". Pero sin saber por qué, doblé en Bolívar, seguí de largo. Llegué hasta Defensa y giré la cabeza. Entonces sí pude ver las torres. Después doblé, caminando muy despacio, como sabiendo. Llegué hasta Reconquista, llegué hasta Viamonte y seguí hasta la galería Nexo. A través de los cristales, entre mujeres vestidas de largo, hombres que sonreían, mozos con bandejas, alcancé a ver cinco, mejor dicho seis dibujos enmarcados colgando de las paredes. Entré.
Me deslicé entre paredes atravesadas por ángeles y hojas de tabaco, un gentilhombre rodeado de gansos, tres variaciones de mascarones de proa en distintos mares, una mujer volando entre ropa tendida, una procesión de gatos y en la pared de enfrente lo vi. Vi catorce cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes, una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos y el fuego saliendo de dos de las tres ventanas con visillos de encaje y yo, de espaldas, con el traje gris, perdiéndome en una calle extraña, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.


Isidoro Blaisten
En Carroza y reina, Emecé, Buenos Aires (1986)
Luego publicado en La Nación, domingo 24 de marzo de 2002
Retrato de Isidoro Blaisten, en la portada de Cuentos Anteriores (1982)

martes, 10 de mayo de 2016

Marguerite Yourcenar: Felicidad, infelicidad





Es tarde. El aparcamiento de abajo está casi vacío. Las luces son escasas; y la torre Eiffel en miniatura que hay al fondo, equivalente, en el sentido opuesto, a las “japoneserías” del siglo XIX en Europa, ya no tiene más que una pequeña punta roja en la cúspide. 
En esta habitación trivial, sin lazo alguno con el pasado ni con el porvenir (y por esa razón se es más uno mismo), en medio de un día o de una noche cualquiera, ocurre este milagro de repente, esa gracia que a veces desciende: no un instante de felicidad, pues la felicidad no se cuenta por instantes, sino la conciencia repentina de que la felicidad nos habita. Los objetos que componen la vida, dispuesta repentinamente con un orden distinto, vuelven hacia nosotros su rostro lleno de sol. Arrebato del espíritu y de los sentidos (Baudelaire no se equivocó), levitación durante la cual el alma flota como en una nube de oro. Del mismo modo que, cuando vamos en avión, las formidables nubes, bajo las cuales se ahoga la tierra, se convierten bajo nosotros en deslumbrantes glaciares blancos y azules. Felicidad pura que, en otros momentos, podría también ser pura desdicha. Bastaría con que los mismos elementos volvieran hacia nosotros su faz sombría. En ambos casos, hay plenitud, pero la de la felicidad es solar. 
La torre Eiffel auténtica y su imitación de Tokio no son más que un decorado bajo el cual subsiste el caos. Pero la felicidad, cuando sobreviene, da brevemente un sentido a las cosas: una parcela, al menos, se siente liberada, salvada. En la desdicha, si es que uno lo consigue, el valor ocupa el lugar del sol.





Marguerite Yourcenar
En Una vuelta por mi cárcel (publicación póstuma, 1991)
Versión castellana de Emma Calatayud
Portada de la edición castellana del libro

viernes, 6 de mayo de 2016

Salman Rushdie: Secretos familiares







El tercero, y más escandaloso, de los escándalos de nuestra familia nunca fue de dominio público, pero, ahora que mi padre Abraham Zogoiby ha pasado a mejor vida a los noventa años, no tengo reparo alguno en sacar sus trapos sucios… Es mejor ganar era su invariable lema y, desde el momento en que entró en la vida de Aurora, ella comprendió que lo decía en serio; porque, apenas había amainado el jaleo de sus amoríos, con un resoplido de humo de sus chimeneas y un sonoro hum hum hum de su sirena, el carguero Marco Polo partió hacia los muelles de Londres.

  Aquella noche, Abraham volvió a la isla de Cabral después de todo un día de ausencia y, cuando llegó hasta dar palmaditas en la cabeza a Jawaharlal, el buldog, resultó evidente que estaba rebosante de júbilo. Aurora, a su estilo más imperioso, quiso saber dónde había estado. Como respuesta, él señaló al buque que partía y, por primera vez de muchas en la vida que pasaron juntos, hizo un signo que significaba no me preguntes: se pasó una aguja y un hilo imaginarios por los labios, como si se los cosiera.

  —Te dije —dijo— que me cuidaría de las cosas poco importantes: pero, para hacerlo, a veces tendré que ir sin ruido a la calle de la Aguja e Hilo.

  En aquella época, los periódicos, la radio y el chismorreo de la calle no hablaban más que de guerra… Para ser sinceros, Hitler y Churchill hicieron más que nadie para impedir que a mis escandalosos padres les hicieran la puñeta; el estallido de la Segunda Guerra Mundial fue una táctica de diversión muy eficaz… y los precios de la pimienta y las especias se habían vuelto inestables a causa de la pérdida del mercado alemán y del creciente número de historias sobre los riesgos que corrían los cargueros. Eran particularmente persistentes los rumores de planes alemanes para paralizar al Imperio británico enviando buques de guerra y submarinos —la gente estaba empezando a aprender la expresión U-boat— a las rutas de navegación del océano Índico y del Atlántico, y los barcos mercantes (creía todo el mundo) serían un objetivo tan prioritario como la Marina británica; y, para colmo, habría minas. A pesar de todo ello, Abraham había hecho su número de magia, y el Marco Polo estaba desapareciendo del puerto de Cochin y dirigiéndose al Oeste. No me preguntes, advirtieron sus dedos que le cosían los labios; y Aurora, mi madre emperatriz, levantó las manos, las juntó en breve aplauso, y no hizo más preguntas.

  —Siempre quise tener un mago —fue todo lo que dijo—. Al parecer, después de todo lo he encontrado.

  Me maravilla mi madre cuando pienso en ello. ¿Cómo podía sofocar su curiosidad? Abraham había hecho lo imposible y ella se conformaba con no saber cómo: estaba dispuesta a vivir en la ignorancia, como la Joven Señora de la calle de la Aguja e Hilo. Y, en los años que siguieron, cuando los negocios de la familia se diversificaron triunfalmente en ciento y una direcciones, cuando las montañas de tesoros crecieron desde simples ghats de Gama hasta Himalayas de Zogoiby, ¿nunca se imaginó ella… no pensó por un momento?… Sin embargo, desde luego, tuvo que hacerlo; su ceguera era elegida, su complicidad, la complicidad del silencio, del no-me-digas-cosas-que-no-quiero-saber, del silencio-estoy-ocupada-en-mi-Gran-Obra. Y, tal era la fuerza de su no-querer-ver, que ninguno de nosotros miraba tampoco. ¡Qué tapadera era ella para las operaciones de Abraham Zogoiby! Qué fachada más brillante y legitimizadora… pero no debo adelantarme a mi historia. De momento, sólo es necesario revelar —¡no, ya va siendo hora de que alguien lo revele!— que mi padre, Abraham Zogoiby, resultó tener auténtico talento para cambiar mentes renuentes.

  Lo sé por él mismo: se pasó la mayor parte de sus horas de desaparición entre los trabajadores de los muelles, llevándose aparte a los más grandes y fuertes que conocía y diciéndoles que, si el intento de bloqueo de los nazis tenía éxito, si se hundían negocios como la Fifty Per Cent Corp. (Private) Limited de Camoens de los Da Gama, ellos, los estibadores, y sus familias también, se encontrarían rápidamente en la indigencia.

  —Ese capitán del Marco Polo —murmuraba despreciativamente—, con su cobardía al negarse a zarpar, está arrebatando la comida de los platos de vuestros pequeños.

Una vez había conseguido formar un ejército suficientemente fuerte para dominar a la tripulación del barco, en caso de necesidad, Abraham iba a ver en persona a los empleados principales. Los señores Tejpattan, Kalonjee y Mirchandalchini lo recibían con disgusto mal disimulado porque, ¿no había sido hasta hacía muy poco su humilde subalterno, al que podían mandar lo que quisieran? Mientras que —gracias a haber seducido a aquella furcia barata, la propietaria— tenía ahora la desvergüenza de venir ahora dictando la ley como patrono de patronos… Sin embargo, al no tener opción, seguían sus instrucciones. Se enviaron mensajes telegráficos urgentes e insistentes a los propietarios y el capitán del Marco Polo y, poco después, Abraham Zogoiby, todavía solo, fue llevado al carguero por el propio práctico del puerto.

  La reunión con el capitán del barco no fue larga.

  —Expuse francamente toda la situación —me contó mi padre en su avanzada edad—. La necesidad de actuar rápidamente para acaparar el mercado británico como compensación de la pérdida de los ingresos de Alemania, y todo eso. Fui generoso, lo que siempre es sensato en las negociaciones. Por su coraje, le dije, haríamos de él un hombre rico en cuanto atracara en el muelle de East India. Eso le gustó. Eso lo predispuso favorablemente. —Se detuvo, jadeante, tratando de llenar los destrozados restos de sus pulmones—. Naturalmente, no sólo utilicé ese cuenco de zanahoria-halva sino también un gran palo-bumboo. Le informé al capitán de que si, a la caída del sol, no había conformidad, lamentándolo mucho y hablando como colega, su barco se hundiría hasta el fondo del puerto y él personalmente, ay, tendría que acompañarlo.

  ¿Hubiera cumplido esa amenaza? Le pregunté. Por un momento, creí que iba a recurrir a la aguja e hilo invisibles; pero luego tuvo un acceso de tos, carraspeó y expectoró, y sus viejos ojos lechosos se llenaron de lágrimas. Sólo cuando las convulsiones se calmaron un tanto comprendí que mi padre se había estado riendo.

  —Muchacho, muchacho —graznó Abraham Zogoiby—, nunca lances un ultimátum hasta que, y a menos que, estés dispuesto a que el ultimatado vea si se trata de un farol.

  El capitán del Marco Polo no se atrevió a averiguar si era un farol; pero alguien lo hizo. El carguero viajó por el océano, llegando más allá de todo rumor, más allá de todo cálculo, hasta que el crucero alemán Medea lo agujereó, cuando estaba a poco más de unas horas de la isla de Socotra, en la punta del Cuerno de África. Se hundió rápidamente; y todos los marineros y toda la carga se perdieron.

  —Me jugué el as —rememoraba mi antiguo padre—. Pero, maldita sea, me lo fallaron.

  ¿Quién podría culpar a Flory Zogoiby por volverse un poco majara después de haberla abandonado, a su pesar, su único hijo? ¿Quién le envidiaría las horas y horas que había empezado a pasar, con su sombrero de paja y chupándose las encías, en un banco del vestíbulo de entrada de la sinagoga, jugando solitarios con la baraja o golpeando con fichas de mah-jong, y soltando diatribas sin fin contra los «moros», concepto que, para entonces, se había ampliado hasta incluir a casi todo el mundo? ¿Y quién no le perdonaría que creyera que veía visiones, cuando Abraham, su hijo pródigo, vino hacia ella tan fresco, un hermoso día de la primavera de 1940, sonriendo amablemente con todo el rostro, como si acabara de localizar alguna olla de oro al final del arco iris?

  —Bueno, Abie —dijo lentamente, sin mirarlo a la cara, por si podía ver a través de él, lo que demuestra que, finalmente, había perdido la chaveta—. ¿Quieres echar una partidita?

  La sonrisa de él se ensanchó. Era tan guapo que ella se puso furiosa. ¿Qué se le había perdido aquí para venir derramando sobre ella su buen aspecto, sin avisar?

  —Te conozco, Abie, muchacho —dijo, mirando fijamente todavía sus cartas—. Cuando sonríes así es que estás en dificultades y, cuanto más ancha es la sonrisa, más profundo es el barro. Me parece que no sabes cómo arreglártelas y por eso has venido corriendo a tu mamá. En mi vida te he visto una sonrisa tan grande. ¡Siéntate! Vamos a echar unas manos.

  —Nada de juegos, madre —dijo Abraham, con una sonrisa que casi le llegaba a los lóbulos de las orejas—. ¿Podemos entrar, para que no se entere toda la Judería de nuestras cosas?

  Entonces ella lo miró a los ojos.

  —Siéntate —dijo. Él se sentó; ella dio las cartas para un rummy de nueve—. ¿Te crees que me puedes ganar? A mí no, hijo. Nunca has tenido la menor probabilidad.

  Se había hundido un buque. Las fortunas de la nueva familia comerciante habían entrado una vez más en crisis. Me agrada decir que ello no produjo ninguna riña indecorosa en la isla de Cabral: la tregua entre los miembros del viejo clan y los del nuevo se mantuvo firme. Pero la crisis era muy real; después de muchos halagos y otras tácticas menos mencionables de las profundidades de la calle de la Aguja e Hilo, se habían enviado una segunda y una tercera expedición de Da Gama, por la ruta larga que rodeaba el cabo de Nueva Esperanza, para evitar los peligros del norte de África. A pesar de esa precaución y de los esfuerzos de la Marina británica por patrullar por todas las rutas marítimas vitales —aunque, hay que decirlo y el Pandit Nehru lo dijo desde la cárcel, la actitud británica hacia la navegación india era, para no exagerar, un poco más que un tanto descuidada—, también aquellos dos barcos terminaron sembrando de especias el lecho del océano: y el imperio de los condimentos C-50 (y, quién sabe, quizá también el propio corazón del Imperio, privado de su picante inspiración) comenzó a tambalearse y vacilar. Los gastos generales —salarios, gastos de mantenimiento, intereses de préstamos— aumentaron. Pero éste no es un informe sobre la compañía, de manera que tendréis que creerme simplemente: las cosas habían llegado a un punto lastimoso cuando el radiante Abraham, luego poderoso comerciante de Cochin, volvió a la Judería. ¿Habían fracasado todas sus empresas? ¿Qué, ni un acierto? Ni uno. ¿Está bien, OK? Pues sigamos. Quiero contaros un cuento de hadas.

  Al final, las historias son lo único que nos queda, no somos más que unos relatos que perduran. Y, en las mejores de las viejas historias, las que pedimos que nos cuenten una y otra vez, hay amantes, es verdad, pero las partes que nos entusiasman son los pasajes en que las sombras se proyectan en el camino de los amantes. La manzana envenenada, la rueca hechizada, la reina Negra, la malvada bruja, los duendes robaniños, eso es lo que importa. Así pues: érase una vez mi padre, Abraham Zogoiby, que había jugado fuerte. Pero había hecho un voto: Me cuidaré de las cosas. Y, en consecuencia, cuando todos los demás recursos fallaron, su desesperación fue tan grande que tuvo que ir, sonriendo con todas sus fuerzas, a suplicar a su enloquecida madre.

  —¿Qué? ¿Qué iba a ser? Su cofre del tesoro.

  Abraham se tragó su orgullo y vino a mendigar, lo que bastó para decirle a Flory todo lo que tenía que saber sobre la fuerza de las cartas que tenía en la mano. Él se había jactado de algo que no podía hacer: hilar-paja-para-hacer-oro, esas historias de otros tiempos; y era demasiado orgulloso para admitir su fracaso ante sus parientes políticos, para decirles que tenían que hipotecar o liquidar su gran hacienda. Dejaron que perdieras la cabeza, Abie, y ya ves, aquí está en una bandeja. Ella le hizo esperar un poco, pero no demasiado; luego accedió. ¿Hacía falta capital? ¿Joyas de la vieja caja? Pues muy bien, podía cogerlas. Desechó con un gesto todos los discursos de agradecimiento, las explicaciones de problemas de falta de liquidez temporal, las disquisiciones sobre las cualidades especialmente persuasivas de las joyas cuando se pedía a los marineros que arriesgaran su vida, todas las ofertas de intereses y beneficios pecuniarios.

  —Yo doy joyas —dijo Flory Zogoiby—. Y mi recompensa debe ser una joya mayor.

  Su hijo no comprendió qué quería decir. Desde luego, prometió radiante, sería plenamente recompensada por su préstamo, una vez que el buque llegara; y, si prefería recibir su parte en esmeraldas, se comprometía a seleccionar las más hermosas. Así parloteaba; pero se había adentrado en aguas más oscuras de lo que creía y, más allá de ellos, había una selva negra en la que, en un claro, bailaba un enanito que cantaba Me llamo Rúmpeles-Tíjeles

  —Eso es accesorio —le interrumpió Flory—. De la devolución del préstamo no dudo. Pero, por una inversión tan arriesgada, mi recompensa sólo puede ser la mayor de las joyas. Tendrás que darme a tu primogénito.

  (Se han sugerido dos orígenes para la caja de esmeraldas de Flory: la herencia familiar y el tesoro contrabandista. Dejando de lado los sentimientos, la razón y la lógica abogan por el segundo; si está en lo cierto, si Flory andaba especulando con las reservas de los gángsters, su propia supervivencia quedaba en entredicho. ¿Hace menos espantosa su petición el hecho de que se arriesgara para obtener la vida humana que pedía? ¿Estaba siendo, en realidad, heroica?).

  Tráeme a tu primogénito… Una serie de leyendas flota entre esa madre y su hijo. Abraham, horrorizado, le dijo que aquello era imposible, una perversión, algo inimaginable.

  —¿Te he borrado esa sonrisa estúpida de la boca, eh, Abie? —preguntó severamente Flory—. Y no creas que puedes agarrar la caja y salir corriendo. Está en otro escondite. ¿Necesitas mis piedras preciosas? Pues dame a tu primer hijo; sus carnes sabrosas.

  Ay madre, estás loca, madre. Ay antepasada mía, mucho me temo estás como una verdadera cabra.

  —Aurora no está encinta aún —musitó Abraham débilmente.

  —Aja-já, Abie —dijo con una risita Flory—. ¿Crees que estoy loca, muchacho? ¿Que lo mataré y me lo comeré, o me beberé su sangre, o algo así? No soy rica, hijo, pero en mi mesa hay comida suficiente para no tener que devorar a miembros de la familia. —Se puso seria—. Escucha: podrás verlo siempre-siempre que quieras. Incluso podrá venir su madre. Salidas, vacaciones, tampoco serán problema. Pero mándamelo para que viva conmigo, de forma que pueda hacer cuanto pueda para educarlo como lo que tú has dejado de ser, es decir, un judío de Cochin. He perdido a un hijo: por lo menos salvaré a un nieto.

  No añadió su plegaria secreta: Y quizá, al salvarlo, descubriré otra vez a mi Dios.

  Cuando el mundo volvió a su sitio, Abraham, con el vértigo de su alivio, el gran hambre de su necesidad y la ausencia de un embarazo real, accedió. Pero Flory, implacable, lo quiso por escrito. «Por la presente prometo a mi madre, Flory Zogoiby, mi primer hijo, para que sea educado en las tradiciones judías». Firmado, sellado y entregado. Flory, arrebatándole el papel, lo agitó sobre su cabeza, se recogió la falda y brincó en círculos junto a la puerta de la sinagoga. Un juramento, he hecho un juramento al cielo… Y aquí haré efectivo mi pagaré. Y, a cambio de aquellas libras de carne nonata prometidas, entregó a Abraham su riqueza: y, pagado y sobornado por las joyas, el buque de su última oportunidad se hizo a la mar.

  Sin embargo, de esos asuntos privados Aurora no fue informada.

  Y ocurrió que el barco llegó sin novedad a puerto, y después de él otro, y otro, y otro. Mientras las fortunas del mundo empeoraban, el eje Da Gama-Zogoiby prosperaba. (¿Cómo se aseguró mi padre la protección de sus cargamentos por la Marina británica? ¿No se estará sugiriendo que las esmeraldas, contrabando o herencia, llegaron hasta los bolsillos imperiales? ¡Qué jugada más audaz hubiera sido, qué apuesta por todo-o-nada! ¡Y qué implausible resulta sugerir que una oferta así hubiera podido ser aceptada! No, no, hay que atribuir lo ocurrido a la diligencia naval —porque el merodeador Medea fue por fin hundido— o a la preocupación nazi por otros teatros de operaciones; o llamadlo milagro; o suerte ciega, tonta). En la primera oportunidad, Abraham pagó el dinero de las joyas prestadas por su madre, y le ofreció una generosa suma adicional en concepto de beneficios. Sin embargo, se fue bruscamente, sin responder, cuando ella rehusó la prima con un grito lastimero:

  —¿Y la joya, mi recompensa convenida? ¿Cuándo se me pagará? Ansío la ley, la pena y la liberación de mi pagaré.

  Aurora seguía sin niño: pero no sabía nada de un papel firmado. Los meses se convirtieron en un año. Abraham siguió sujetando su lengua. Para entonces, era el único encargado de los negocios de la familia; Aires nunca tuvo realmente temple para ello y, cuando su nuevo yerno hubo realizado su triunfante salvamento, el hermano Da Gama superviviente se retiró agradecido —según dicen— a la vida privada… El día primero de cada mes Flory enviaba a su hijo el mensaje del gran mercader. «Confío en que no estés aflojando; quiero mi piedra preciosa». (¡Qué extraño, qué predestinado, el que en aquellos días ardientes de su picante amor Aurora no concibiera ningún hijo! Porque tenía que ser un chico, y ahora hablo como único producto masculino de mis padres, el hueso disputado —carne, piel y huesos— podría haber sido yo).

  Otra vez le ofreció dinero; otra vez rehusó ella. En un momento dado, él le suplicó; ¿cómo podía pedirle a su mujer que enviara a un hijo recién nacido para que lo cuidara alguien que la odiaba? Flory fue implacable. «Hubieras debido pensártelo antes». Finalmente, la cólera de Abraham se impuso, y la desafió.

  —Tu pedazo de papel no vale nada —le gritó por teléfono—. Veremos quién puede pagar más por un juez.

  Las piedras verdes de Flory no podían igualar la renovada prosperidad de la familia; y, si realmente se trataba de piedras que quemaban, ella se lo pensaría dos veces antes de enseñárselas a los jueces, incluso a los que estuvieran dispuestos a hacer más blando su nido. ¿Qué elección tenía? Había perdido la fe en el castigo divino. La venganza era de este mundo.

  ¡Otra vengadora! ¡Otro perro de jengibre, otro mosquito asesino! ¡Qué epidemia de revanchas aflige mi relato, qué paludismo cólera tifus de ojo-por-ojo y pago-en-la-misma-moneda! No es de extrañar que yo haya terminado… Pero mi fin no debe ser relatado antes de que empiece. Aquí está Aurora el día en que cumple diecisiete años, en la primavera de 1941, visitando sola la tumba de Vasco; y aquí, aguardando en las sombras, hay una vieja bruja…

  Cuando vio a Flory abalanzarse sobre ella desde las sombras de la iglesia, Aurora pensó, en un momento de sobresalto, que su abuela Epifania se había levantado de la tumba. Luego se repuso con una sonrisita, recordando cómo, en otro tiempo, había ridiculizado las ideas de su padre sobre fantasmas; no, no, era sólo una vieja arpía, y ¿qué papel era aquel que le mostraba? A veces las mendigas te dan esa clase de papeles. Tenga piedad, por amor de Dios, no puedo hablar y tengo 12 hijos que mantener. «Lo siento, perdone», dijo Aurora mecánicamente, y comenzó a darse la vuelta. Entonces la mujer pronunció su nombre.

  —¡Señora Aurora! (gritando). ¡La puta católica de mi Abie! Tiene que leer este papel.

  Ella se volvió; cogió el documento que le presentaba la madre de Abraham; y leyó.

  A Portia, chica rica, supuestamente inteligente, que consiente en hacer cumplir los deseos de su difunto padre —deberá casarse con el hombre que resuelva el acertijo de los tres cofrecillos, oro plata plomo—, nos la presenta Shakespeare como el arquetipo mismo de la justicia. Pero escuchad atentamente: cuando su pretendiente, el Príncipe de Marruecos, fracasa en la prueba, ella suspira:
  
    Dulce adiós. Corre la cortina: ve.
    Con todo el de su tez así se fue.
  
  ¡De modo que no le gustaban los moros! No, no; ella ama a Bassanio que, por una suerte inesperada, elige el cofre acertado, el que contiene el retrato de Porcia (tú, tú, pobre plomo). En consecuencia, prestad oídos a esta explicación modélica de su elección:
  
    … el ornamento es sólo la taimada orilla
    De un peligroso mar; bello pañuelo
    Que vela a una belleza india: es decir,
    La aparente verdad con la que un siglo astuto…
  
  Ah, sí: para Bassanio, la belleza india es como un «peligroso amor»: ¡o algo análogo a un «siglo astuto»! Los moros, los indios y, naturalmente, «el Judío» (Portia sólo se decide a utilizar el nombre de Shylock en dos ocasiones: el resto del tiempo lo identifica simplemente por su raza). Realmente, una pareja imparcial; un par de Danieles, tratándose de juicios… Aduzco todas estas pruebas para mostrar por qué, cuando digo que la Aurora de nuestro cuento no era Portia, no lo digo del todo como crítica. Era rica (como Portia lo era), pero eligió su propio marido (a diferencia de ella): era indudablemente inteligente (igual) y, a los diecisiete, casi estaba a la altura de su misma belleza india (muy improbable). Su marido era —el de Portia nunca lo hubiera podido ser— judío. Pero, lo mismo que la doncella de Belmont denegó a Shylock su libra sangrante, mi madre encontró una forma, justa, de denegar a Flory el niño.

  —Dile a tu madre —ordenó Aurora a Abraham aquella noche— que no nacerán niños en esta casa mientras ella viva. —Lo echó de su alcoba—. Tú harás tu trabajo y yo el mío —dijo—. Pero el trabajo que espera Flory, no lo verá nunca.

  También ella había trazado una línea. Aquella noche se frotó el cuerpo hasta que se quedó en carne viva y no quedó ni rastro del picante perfume del amor. (Me frotifico y me bañifico…). Luego cerró con llave y corrió el cerrojo de la puerta de su alcoba, y se sumió en un sueño profundo sin sueños. En los meses que siguieron, sin embargo, su trabajo —dibujos, pinturas y muñequitas horriblemente ensartadas, moldeadas en arcilla roja— se llenó de brujas, incendios y apocalipsis. Más adelante destruiría la mayor parte de esa producción «roja», con la consecuencia de que las obras supervivientes han aumentado mucho de valor; rara vez se han visto en las subastas y, cuando se veían, se producía una excitación febril.

  Durante varias noches, Abraham maulló lastimeramente ante su puerta cerrada, pero no fue admitido. A la larga, al estilo Cyrano, contrató a un acordeonista y un cantor de baladas locales que le daban a Aurora serenatas en el patio, debajo de la ventana, mientras él, Abraham, permanecía como un idiota al lado del músico, recitando palabras de las viejas canciones de amor. Aurora abrió los postigos y les arrojó flores; luego el agua del jarrón de flores; y finalmente el jarrón mismo. Los tres lanzamientos fueron certeros. El jarrón, un pesado objeto de gres, golpeó a Abraham en el tobillo izquierdo, partiéndoselo. Se lo llevaron, mojado y dando alaridos, al hospital, y en adelante no trató de hacer cambiar de opinión a Aurora. Sus vidas siguieron caminos divergentes.

  Después del episodio del jarrón de gres, Abraham cojeó siempre ligeramente. El sufrimiento estaba grabado en cada arruga de su rostro, el sufrimiento hacía descender las comisuras de su boa y perjudicaba su buen aspecto. Aurora, por el contrario, seguía floreciendo. El genio estaba naciendo en ella, llenando los espacios vacíos de su lecho, su corazón y su vientre. No necesitaba de nadie más que de sí misma.

  Estuvo ausente de Cochin la mayoría de los años de la guerra, al principio en largas visitas a Bombay, en donde conoció, y fue patrocinada por él, a un joven parsi, Kekoo Mody, que había empezado a ocuparse de artistas indios contemporáneos —en aquella época, un campo no muy lucrativo— desde su casa de Cuffe Parade. El cojeante Abraham no la acompañaba en esos viajes; y, cuando ella se iba, las palabras de despedida de ella eran, invariablemente: «¡OK, muy bien, Abie! Cuidifica el almacén». Así fue como, en ausencia de él, lejos de su expresión renqueante, abatida, de insoportable añoranza, Aurora Zogoiby se convirtió en el gigantesco personaje público que todos conocemos, la gran belleza del corazón del movimiento nacionalista, la bohemia de cabello suelto que marchaba audazmente al lado de Vallabhabhai Patel y Abul Kalam Azad cuando organizaban procesiones, la confidente —y, según persistentes rumores, amante— del Pandit Nehru, la «amiga de las amigas» de él, la que más tarde competiría con Edwina Mountbatten por su corazón. Con la desconfianza de Gandhiji, con el odio de Indira Gandhi, su detención después de la resolución «Abandonad la India» de 1942 hizo de ella una heroína nacional. También Jawaharlal Nehru fue encarcelado, en el fuerte de Ahmadnagar, en donde, en el cinquecento, la princesa guerrera Chand Bibi había resistido a los ejércitos del Imperio moghul, del Gran Mughal Akbar en persona. La gente empezó a decir que Aurora Zogoiby era la nueva Chand Bibi, que se oponía a un Imperio diferente y aún más poderoso, y su rostro empezó a aparecer por todas partes. Pintado en las paredes, caricaturizado en los periódicos, la creadora de imágenes se convirtió ella misma en imagen. Se pasó dos años en la cárcel del distrito de Dehra Dun. Cuando salió, tenía veinte años y el cabello blanco. Volvió a Cochin convertida en mito. Las primeras palabras de Abraham fueron: «El almacén va muy bien». Ella asintió brevemente, y volvió a su trabajo.

  Algunas cosas habían cambiado en la isla de Cabral. Durante la prisión de Aurora, el antiguo amante de Aires da Gama, el hombre que conocemos como príncipe Enrique el Navegante, había caído gravemente enfermo. Se descubrió que padecía una variedad de sífilis especialmente perniciosa, y pronto fue evidente que también Aires había sido infectado. Las erupciones sifilíticas de su rostro y su cuerpo le impedían salir de casa; se convirtió en descarnado de cuerpo y vacuo de mirada, y parecía veinte años más viejo de sus cuarenta y tantos. La mujer de Aires, Carmen, que hacía tiempo había amenazado matarlo por sus infidelidades, se sentó ahora a su cabecera.

  —Mira lo que te ha ocurrido, irlandés mío —dijo—. ¿Te me vas a morir o qué? —Él volvió la cabeza sobre la almohada y no vio más que compasión en sus ojos—. Será mejor que te curemos —dijo ella—, porque, si no, ¿con quién voy a bailar el resto de mi vida? A ti —y aquí hizo una pausa brevísima, y su color se intensificó espectacularmente— y también a tu príncipe Enrique.

  Se dio al príncipe Enrique el Navegante una habitación en la casa de la isla de Cabral y, en los meses que siguieron, Carmen, con infatigable determinación, vigiló el tratamiento de los dos hombres por los especialistas mejores y más discretos —porque mejor pagados— de la ciudad. Ambos pacientes se recuperaron lentamente; y llegó el día en que Aires, sentado en el jardín con una bata de seda con Jawaharlal el buldog y bebiendo agua fresca de lima, fue visitado por su esposa, que sugirió, discretamente, que no había necesidad de que el príncipe Enrique se fuera.

  —Demasiadas guerras en esta casa y fuera de ella —le dijo—. Hagamos al menos esta paz triangular.

  A mediados de 1945, Aurora Zogoiby llegó a la mayoría de edad. Pasó su vigésimo primer cumpleaños en Bombay, sin Abraham, en una fiesta dada por Kekoo Mody a la que asistieron la mayoría de las luminarias artísticas y políticas de la ciudad. En aquella época, los británicos habían liberado a los presos del Congreso, porque se respiraban aires de negociación; habían puesto en libertad al propio Nehru, que envió a Aurora una larga carta desde una casa llamada Armsdell, en Simla, disculpándose por no asistir a sus fiestas. «Tengo la voz muy ronca —escribió—. No puedo comprender por qué atraigo a esas multitudes. Muy gratificante, sin duda, pero también muy cansado y, a menudo, irritante. Aquí en Simla he tenido que salir al balcón y la veranda con frecuencia, para dar mi darshan. Dudo de poder ir nunca a dar un paseo a causa de las muchedumbres que me siguen, salvo a altas horas de la noche… Deberías sentirte agradecida de que te haya ahorrado esa experiencia al mantenerme apartado». Como regalo de cumpleaños, le envió Ciencia para el ciudadano y Matemáticas para el millón de Hogben, «para aligerar tu espíritu artístico con algo del otro lado de la mente».

Ella dio inmediatamente los libros a Kekoo Mody, haciendo una ligera mueca.

  —A Jawahar le entusiasman todos estos líos científicos. Pero yo soy una chica sencilla.

  En cuanto a Flory Zogoiby: seguía viva, pero últimamente se había vuelto un tanto extraña. Luego, un día hacia el final de julio, la descubrieron gateando por el suelo de la sinagoga de Mattancherri, pretendiendo que podía ver el futuro en los azules azulejos chinos, y profetizando que, muy pronto, un país no lejano de China sería devorado por hongos gigantes y caníbales. El viejo Moshe Cohen tuvo el triste deber de relevarla de sus deberes. Su hija Sara —todavía solterona— había oído hablar de una iglesia cerca del mar, en Travancore, a la que habían empezado a acudir las personas mentalmente afectadas de todas las religiones, porque se creía que tenía poder para curar la locura; dijo a Moshe que quería llevar allí a Flory, y el proveedor de buques accedió a pagar todos los gastos del viaje.

  Flory se pasó el primer día sentada en el polvo del complejo, fuera de la iglesia mágica, trazando líneas en el suelo con una ramita y hablando locuazmente al invisible, por inexistente, nieto que tenía al lado. El segundo día de su estancia, Sara dejó a Flory sola una hora mientras paseaba por la playa y miraba ir y venir a los pescadores en sus largas embarcaciones. Cuando volvió, había un pandemonio en el complejo de la iglesia. Uno de los locos allí reunidos había cometido un suicidio ardiente, rociándose de petróleo a los pies de la figura de tamaño natural de Cristo crucificado. Cuando encendió la cerilla fatal, el rugido de las llamas había lamido asesinamente el borde del vestido de la falda de flores estampada de una anciana, y ella se había visto envuelta también. Era mi abuela. Sara llevó el cadáver a casa, y fue enterrado en el cementerio de la Judería. Abraham permaneció junto a la tumba mucho tiempo después del funeral y, cuando Sara Cohen le cogió la mano, no la retiró.

  Unos días más tarde, la nube de un hongo gigantesco devoró la ciudad japonesa de Hiroshima y, al oír la noticia, Moshe Cohen, el proveedor, lloró lágrimas ardientes y amargas.

  Casi todos han desaparecido hoy, los judíos de Cochin. Quedan menos de cincuenta de ellos, y los jóvenes se han ido a Israel. Es la última generación: se han adoptado medidas para que el gobierno del estado de Kerala se haga cargo de la sinagoga, que se convertirá en museo. Los últimos solterones y solteronas toman el sol, desdentados, en los callejones de Mattancherri. También ésta es una extinción que hay que lamentar; no un exterminio, como ha ocurrido en otras partes, pero no obstante el fin de una historia que exigió dos mil años para ser contada.

  Para finales de 1945, Aurora y Abraham habían dejado Cochin y comprado un extenso bungalow situado entre tamarindos, plátanos y jaqueros en las laderas de Malabar Hill (Bombay), con un empinado jardín en terrazas que daba sobre la playa de Chowpatty, Back Bay y Marine Drive.

  —De todas formas, Cochin está acabado —razonó Abraham—. Desde un punto de vista estrictamente comercial, la mudanza se justifica plenamente.

  Eligió con mano izquierda hombres que se encargaran de las operaciones en el Sur, y seguiría haciendo regularmente viajes de inspección a lo largo de los años… Pero Aurora no necesitaba argumentos razonados. El día en que se mudaron fue al mirador en que las terrazas del jardín terminaban en una caída vertiginosa hacia las rocas negras y el mar espumante; y, a pleno pulmón, dominó con su voz, de alegría a los chils que daban vueltas en el aire.

  Abraham, tímidamente, se quedó unas yardas más atrás, con las manos cruzadas delante, pareciendo totalmente el encargado de labores que en otro tiempo fue.

  —Confío en que el nuevo emplazamiento resulte beneficioso para tu proceso creativo —dijo con penosa formalidad.

  Aurora vino corriendo hacia él y saltó a sus brazos.

  —Te interesa el proceso creativo, ¿no? —le preguntó, mirándolo como si no lo hubiera mirado en años—. Entonces, caballero, vayamos adentro y creemos.


Salman Rushdie
En El Último suspiro del moro (1995)
Versión castellana de Miguel Sáenz
Retrato de Salman Rushdie, 1981